martes, 8 de enero de 2013

El poeta o el actor

Para Ana Codourier
Es curioso que por lo menos haya tres casos de grandes actores que no terminaron muy felices al fenecer sus carreras: Marlon Brando, Richard Burton y Vittorio Gassman. Y es que en el fondo les hubiera gustado haber dedicado su vida a la literatura. Brando tenía una mente de escritor, no le faltaba sensibilidad para el lenguaje, todo su humor era verbal, juego de palabras, ironía fina. Burton quería ser poeta y, como Brando, renegó de su oficio —como puede leerse ahora en sus diarios apenas publicados— y lamentaba haber pospuesto su verdadera vocación por recibir a cambio los dólares de Hollywood que necesitaba para comprarle diamantes de millones a Elizabeth Taylor. Pero el ejemplo más conmovedor y brillante es el del italiano (nacido en Génova en 1922) Vittorio Gassman, conocido en México sobre todo por tres películas memorables: Arroz amargo, Il sorpasso y Perfume de mujer.
Fernando Balzaretti dijo una vez que encontraba muchas similitudes entre el actor y el escritor. ¿Por qué? Porque ambos están en la creación de personajes y hablan de la trama, el argumento, la historia, como solo lo pueden expresar los novelistas más sutiles.

Todo empezó con la muerte de su padre. Gassman tenía catorce años y sintió que en el funeral estaba en una representación. “Me sentí actuando”.

Algunos años antes de morir, en el año 2000, escribió una novela sobre la depresión. Cuenta allí el hundimiento, la muerte del deseo, la incapacidad de disfrutar de la música, el desvanecimiento del placer. Pero sus reflexiones más importantes sobre el actor y la representación están en Sobre el teatro, un libro que es una larga entrevista con Luciano Lucignani y que, en traducción de Celia Filipetto, publica la editorial Acantilado.

No pocas de las observaciones de Vittorio Gassman sobre las vicisitudes del actor son tan interesantes y lúcidas como las que hace Diderot en su clásico opúsculo La paradoja del comediante.

Para Gassman la actuación supone una especie de locura o de enfermedad, en el sentido en que la locura suele asociarse con la figura no solo del hechicero sino también del vidente o del parasicólogo. El hechicero es el antepasado más probable del actor: es el oficiante, el sacerdote, el intérprete de la voz divina.

Gassman tiene para sí que el actor es alguien que siempre miente. Sin embargo, su mentira aspira a la revelación de una verdad: es como la creación de una realidad en segundo plano, una verdad paralela.

El actor es el chivo expiatorio: asume sobre su persona todos los males de la colectividad.

Para Gassman van juntos los elementos ritualistas, religiosos y los de carácter médico, terapéutico. La “catarsis” es un término de la medicina antigua que significa purificación: curación.

En el destino personal del actor hay un riesgo, por su capacidad de ponerse en el lugar de los demás, de utilizar los sentimientos y las palabras de los demás y de fingir que las cosas son distintas de lo que en realidad son. Todo actor se expone a la fractura de su yo individual, a la esquizofrénica o bien a la angustia ancestral, existencial, del “no estar”, de no ser nadie.

El actor, según Gassman, es una persona que se queda anclada a una psicología infantil. Se es mejor actor cuanto más niño se conserve.


(nota de Federico Campbell en "La hora del lobo", tomada del sitio "rio doce".)

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