lunes, 21 de enero de 2013

El panteón de los amigos

El diario de un enfermo a punto de quedarse ciego o morirse podría no ser una lectura placentera, hay que estar decidido a enfrentarlo. Sin embargo, Citomegalovirus tiene un encanto que excede la temática y es tal vez por la gran pluma de Hervé Guibert que, mientras escribe, es consciente de los efectos que podría provocar en un lector: “No sé si escribiendo este diario de hospitalización actúo bien o mal. Tengo la impresión de que hay escritores que nos hacen bien, como Hamsun, Walser, Handke, y hasta paradójicamente Bernhard en la dinámica de su genio de escritura. También están los que nos hacen mal, como Sade, por supuesto, ¿Dostoievski? En este momento preferiría pertenecer a la primera categoría”.

L’enfant terrible

Hervé Guibert, escritor, fotógrafo y cineasta, comienza a publicar desde muy joven, mucho antes de que la epidemia del sida comenzara y cuando en Francia aún era penalizada la homosexualidad, una época en que “literaturas del yo” o “autoficciones” eran bastante mal consideradas y no tan frecuentes como lo son hoy: “¿Por qué diablos no se terminará de juzgar el narcicismo? —se defenderá Guibert desde las páginas de L’image de soi, ou l’injonction de son beau moment (La imagen de sí, o la orden de su mejor momento) un libro de fotografías publicado en 1988—. ¿Cómo un sustantivo encantador y serio pudo volverse tan trivialmente peyorativo? [...] Lo que se denigra como narcicismo, ¿no es acaso el menor de los intereses a los que uno debe dedicarse, para acompañar a la propia alma en sus transformaciones?”.
Guibert desafía a la muerte desde su primera novela autobiográfica, publicada en 1977, cuando tenía apenas 21 años: en La Mort propagande (La muerte propaganda), describe momentos de alto voltaje erótico, escatológico y violento, además de fantasear con su propia autopsia. Pero es más adelante que desatará el mayor escándalo, tras la aparición, en 1990, de su novela A l’ami qui ne m’a pas sauvé la vie (Al amigo que no me salvó la vida), donde no solo hace pública su seropositividad, sino que además revela que su amigo Michel Foucault, a quien la mayoría de sus conocidos supo reconocer tras el nombre del personaje Muzil, murió de sida. Son muchos los que tras esta publicación cuestionaron a Guibert y lanzaron el debate acerca de lo que en literatura se puede decir y lo que no, acerca de la vida privada de las personas, sobre todo los que consideraban (y aun hoy consideran) el sida como una enfermedad vergonzante, que implica la homosexualidad o la adicción a las drogas de quienes la padecen. A pesar de los retrógrados, las autoficciones referidas al sida serán cada vez más frecuentes en Francia, las encontramos, por ejemplo, en autores como Guillaume Dustan y Didier Lestrade, que también hacen públicas su homosexualidad y su seropositividad y entre los cuales se genera un fuerte debate: Dustan pregona su preferencia por el bareback, y Didier Lestrade, desde su escritura militante, levanta las banderas del sexo protegido.

El primero y el último

Citomegalovirus. Diario de hospitalización es el último libro escrito por Hervé Guibert, publicado post mortem en París, y su primera obra publicada en Argentina por Beatriz Viterbo, traducida con excelencia por el escritor argentino residente en París, Diego Vecchio, autor de Historia calamitatum, Microbios, y Osos.
Se trata de un diario breve, escrito durante su internación en un hospital del conurbano parisino entre el 17 de septiembre y el 8 de octubre de 1991, debido a una infección por citomegalovirus (una de las enfermedades oportunistas más frecuentes en personas viviendo con sida, antes de la aparición en 1996 de la triterapia antirretroviral). Hervé Guibert recurre a la escritura como si se tratara de un antidepresivo, como una manera de “ritmar y hacer pasar el tiempo”. Escribir le resulta más fácil que leer, dado que la visión de uno de sus ojos se encuentra ya afectada por el citomegalovirus. La geografía donde transcurre el texto es restringida: el hospital, la sala de terapia intensiva, su cuarto y una ventana que es, además de algún llamado telefónico, su único contacto con el mundo exterior. Desde allí contempla el cielo, el despegue de los aviones y, a lo lejos, la ciudad de París. A pesar de los estrechos límites, allí todo puede ocurrir, la vida, la ceguera, la muerte: “Hoy conocí la habitación donde tal vez voy a morir. Aún no logro sentirme a gusto”. Las notas que Guibert toma son párrafos breves; en algunos casos, frases nominales que apunta como si tomara fotografías por escrito “Muchos hombres, de todas las edades, hablando solos, gesticulando. Los viejos, en pijama y bata. Los jóvenes, a menudo, torso desnudo, bajo una camisa o chaqueta desabotonada”. La trama, sencilla, se centra en la posibilidad de perder la vista, una perfusión permanente que a veces gotea y a veces no, un pie de suero con las ruedas trabadas que le impide moverse libremente y que por más que se queja no logra que las enfermeras reemplacen, el dilema de si tomar o no los antidepresivos. La galería de personajes con los que Guibert interactúa es rica y llena de matices. “Una estadía en el hospital —escribe— es como un viaje muy largo, en que se asiste a un desfile ininterrumpido de personas y rituales, para hacer pasar el tiempo.” Están los buenos y los malos, “como en un cuento de hadas”, desde la enfermera sádica que lo asusta con una inminente inyección en el ojo, hasta el enfermero amable en quien encuentra un interlocutor con el que dar rienda suelta al humor: “‘Dígame, ¿dónde mete usted todos los termómetros que le dejamos?’, me preguntó el chico grandote, lindo, con un brillante minúsculo en el lóbulo de la oreja. ‘Me los como’. Me dijo: ‘¡Usted es un adicto al mercurio!’”.
No es fácil explicar por qué Citomegalovirus resulta un libro agradable de leer. Poco tiempo después de terminarlo y corregirlo, ante el deseo de morir con dignidad, en una época en que el deterioro físico a causa del sida solía ser irreversible, Guibert optó por el suicidio. Tenía 36 años. Con la perspectiva que nos da el paso del tiempo, al leerlo nos encontramos con un valioso documento sobre cómo era vivir con sida en los años ’80 y ’90, antes de que gracias a los nuevos tratamientos pudiera transformarse en una infección crónica. Guibert, asediado por las dolorosas complicaciones del sida, nunca abandonó su actitud desafiante, nunca dejó de ser un “enfant terrible”.


(reseña de Pablo Pérez calcada del sitio "soy", especializado en temas gay.)

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