jueves, 27 de diciembre de 2012

Tennessee Williams, devastador

Los ángeles y los demonios familiares libran su encarnizada batalla anual en las fechas navideñas. Los vivos y sus fantasmas se congregan en la mesa con los ausentes y sus espectros. De repente el último verano nada tiene que ver con la Navidad, pero sí, absolutamente, con la familia y sus devastaciones.

La familia fue el asunto central de numerosas piezas del dramaturgo norteamericano Tennessee Williams (1914-1983), marcado por sus propias vivencias infantiles en el seno de un hogar puritano y dismórfico: un padre ausente y luego alcohólico que lo humillaba; una madre sufridora y luego enferma; una hermana frágil y depresiva...

En efecto, de El zoo de cristal (1945) a Dulce pájaro de juventud (1959), pasando por Un tranvía llamado deseo (1947), los grandes dramas de Williams giraron en torno a variados núcleos familiares cuyos miembros se enfrentan y se despedazan sin poder sacar adelante sus verdaderos sentimientos, su personalidad, su libertad y, ni por asomo, su aspiración a ser felices, ya que los demás se lo impiden. El fuerte y vigoroso teatro de Williams, de altísima calidad literaria y poética, siguió la senda de la dramaturgia del neoyorkino Eugene O'Neill (1888-1953), quien, a su vez, bebió de las firmes fuentes de la tragedia griega.

Williams fue decenas de veces adaptado al cine, por lo general en películas de gran calidad, que potenciaron el lucimiento de los actores sobre la base de unos textos y de unos personajes desgarrados que se prestaban a las mejores interpretaciones.

De repente el último verano (1958) fue llevada a la pantalla al año siguiente por Joseph L. Mankiewicz, con un excelente reparto encabezado por Katharine Hepburn, Elizabeth Taylor y Montgomery Clift. La película, rodada en parte en la Costa Brava, fue prohibida, primero, y cortada, después, en España.

Era mi única y remota experiencia con el texto de Williams, que ahora acabo de leer en traducción y con prólogo de Álvaro del Amo, quien hizo la versión del montaje teatral dirigido, en 2006, por José Luis Saiz. El libro, recién aparecido en Alianza, se completa con siete piezas cortas del escritor sureño.

La acción transcurre en Nueva Orleans, a fines de los años 30, y muestra el propósito de la millonaria señora Violet Venable por lobotomizar a su sobrina Catherine con el concurso de un psiquiatra que aplica radicales técnicas terapéuticas. El tortuoso drama acoge también una disputa de dinero, pero la brutal intención de la señora Venable se funda en la convicción de que la intrusa Catherine, recluida en una clínica psiquiátrica, fue la responsable, el verano anterior, de la muerte de su idolatrado hijo único Sebastian, idealizado y exquisito poeta. La obra desvela las atroces circunstancias reales de la muerte de Sebastian -que Violet no quiere escuchar- y revela la verdadera naturaleza de las posesivas y absorbentes relaciones entre la madre y el hijo, en las que cabe la sugerencia del incesto, la negada e inadmitida -por Violet- homosexualidad de Sebastian y un cóctel explosivo de patologías de dominio, desprecios de clase y celos.

Catherine, víctima sacrificial del drama familiar, conseguirá dar su versión de los hechos y de las cosas, y emitirá opiniones como ésta: "Sí, nos utilizamos unos a otros, y a eso llamamos amor. Cuando no podemos utilizar al prójimo, entonces surge el odio".

Este oscuro y pesimista diagnóstico sobre la vecindad del amor y el odio -el amor, sobre todo, como utilización del otro- parece dispuesto a tener un alcance y una versatilidad que atañen a las relaciones sociales, políticas, familiares y de pareja.


(nota de Manuel Hidalgo, tomada de "Tengo una cita", columna en el sitio El Cultural. ¿Quién no recuerda a Marlon Brando en el papel de Kowalski, a Vivien Leigh en el de la solterona atormentada?)

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