viernes, 28 de diciembre de 2012

Precursores del Boom

A las niñas lo que más les gusta es subirse a la azotea después de merendar: es entonces cuando empieza el radiante espectáculo de cada tarde. Las balaceras. No saben muy bien quiénes disparan contra quién, quiénes son los buenos y quiénes los malos. A veces son revolucionarios contra otros revolucionarios y a veces contrarrevolucionarios contra revolucionarios. Duran poco las balaceras, pero siempre dejan algún muerto tirado en la calle. Y eso es lo que más les gusta a las niñas, los muertos. Se quedan allí tirados durante días, cuando van al colegio o de paseo los ven, se paran a mirarlos atentamente. En una esquina, sentado, la espalda apoyada contra la pared, hay uno que le gusta especialmente a Francisca. Lo considera "su muerto". Han aprendido que los muertos no son más que un sector más de la población de México: están los niños, los jóvenes, los adultos, los viejos y los muertos, siendo ésta última categoría la única a la que se puede saltar directamente desde cualquiera de las otras. Un día, al volver del colegio, Francisca comprueba horrorizada que se han llevado a su muerto de la esquina, y se pone muy triste aunque sabe que esa misma tarde, después de la merienda, habrá más muertos en las calles. Por las noches, las niñas oyen que llegan a su casa voces susurradas que buscan a su madre. Su madre es amante de Pancho Villa, pero también enfermera, sabe sacar balas, suturar heridas, acortar agonías. Pero no habla mucho de ello. Nunca sale de casa sin ponerse el cinturón con revólver.
Todo acontece en un pueblo de Chihuahua en México. El libro, Cartucho, de Nellie Campobello, está escrito en una prosa rápida, limpia, de confiada naturalidad. Nellie Campobello ni pensaba en escribir los recuerdos de su infancia en el más violento periodo de la revolución mexicana. Fue en Cuba, donde tuvo que cuidar en un hospital a un amigo atropellado, cuando para aliviarle los dolores decidió contarle en cada visita algún episodio de cómo vivió la Revolución sin tener idea de que aquello que estaba viviendo era la Revolución, a la manera en la que Fabrizio del Dongo cruza y narra Waterloo sin saber lo que está cruzando. El amigo le insistió para que escribiera todos aquellos recuerdos, y eso hizo. Luego los amplió con un segundo volumen, Las manos de mamá, tan impactante como el primero, derivando el protagonismo hacia esa madre fuerte que preparaba tortillas para los combatientes de Pancho Villa, dormía con el general algunas noches, suturaba heridas, y defendía a sus hijas a tiros cuando las cosas se ponían feas.
Se tiene a Cartucho, con harta justicia, como uno de los más claros antecedentes del realismo mágico latinoamericano que alcanzaría su apogeo con la dichosa operación mercantil del 'boom'. Novelas de finales de los 20 y los 30 donde ya estaba todo aquello que en los 60 y 70 enamoraría al mundo: Las Sangurimas de José de la Cuadra, Las lanzas coloradas de Uslar Pietri, Ecue-Yamba-O de Carpentier, Cartucho de Nellie Campobello. La América de los años 30 estaba ya infiltrada de realismo mágico que no era más que puro realismo: la magia la cobraba cuando salía de allí para encontrarse con ojos extranjeros que no podían dar crédito al hecho de que aquellas narraciones relatasen hechos reales. Especial influencia tuvo la obra de Nellie Campobello sobre la obra entera de Rulfo. Además de esos dos libros, Nellie Campobello escribió una biografía de Pancho Villa y, junto a su hermana, un estudio de las danzas mexicanas, porque antes que escritora ella era bailarina.

 Cuando, de su provincia de Chihuahua, se fue al DF, entró en contacto con toda la vanguardia mexicana y se hizo amiga de gente como Dr. Atl, Fermín Revueltas, Diego Rivera, los poetas de Contemporáneos. Inevitablemente enamoró a más de uno. No ha habido país en el que, en esa época, las mujeres contaran más y mejor. La mera relación de sus nombres impresiona: no sólo la archiconocida Frida Kahlo, también la fotógrafa Tina Modotti, la narradora Guadalupe Marín, la poeta y pintora Nahui Olin, nuestra Nellie Campobello. Una lesión le impidió seguir bailando, pero el Gobierno le ofreció el puesto de Directora del Ballet Nacional, donde potenció las danzas aztecas dándole modernidad y presente. El trabajo burocrático, y la sensación de que ya había contado lo que tenía que contar en sus dos delgados volúmenes, la alejó de la literatura. Si de niña se enamoraba de los muertos de la calle, ¿cómo sospechar que ella misma iba a convertirse en una muerta con la misma vida que ella, de niña, le transfería a los muertos de la calle? Su secretaria, la persona en la que más confiaba, se hizo cargo de ella cuando se retiró. Se metió, con su marido, en su casa. La alcoholizó. La convirtió en drogadicta. La secuestró. La convirtió en una muerta parada en un rincón mientras el marido iba sacando de la casa para venderlos los cuadros de Rivera, de Revueltas, los manuscritos de los poetas de Contemporáneos, las primeras ediciones de los estridentistas, todo lo que Nellie Campobello fue atesorando durante su vida. A mediados de los años 80 alguien se preguntó: ¿qué fue de Nellie Campobello? Viva debía estar, porque seguía cobrando mensualmente su pensión de funcionaria. Hasta que descubrieron en el jardín de la que fue su casa unos restos humanos. Su secretaria y el marido de ésta fueron acusados de secuestro y asesinato, pero sólo se les pudo condenar por falsedad documental, por cobrar durante años la pensión de alguien que hacía mucho que había pasado a formar parte de esa categoría que tanto le fascinaba de niña: la de los muertos.
 
 
(nota de Juan Bonilla, blog "biblioteca en llamas", sitio El Mundo.)

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