lunes, 3 de diciembre de 2012

Perlongher, la voz de los maricas

Cuando en 1981 escribió su poema largo Cadáveres , Néstor Perlongher sintetizó como nadie la época de la posdictadura y cambió radicalmente la sensibilidad literaria de nuestro tiempo. Cuando poco después publicó Evita vive , un cuento breve, demolió la mitología política argentina con las armas del movimiento gay. Blasfemo, provocador por naturaleza, fue resistido durante mucho tiempo, y en gran medida lo sigue siendo. Murió hace veinte años, a los cuarenta y tres. Las Jornadas Perlongher, que se llevaron a cabo la última semana en la Biblioteca Nacional, sirvieron para poner de manifiesto el lugar central que hoy ocupa su trabajo tanto en la literatura como en el activismo de género.
Había nacido en Avellaneda, en 1949. Empezó la carrera de Letras pero enseguida se pasó a Sociología. Interesado en el trotskismo, se vinculó con militantes del Partido Obrero, con quienes rompió cuando la agrupación no quiso pronunciarse a favor de la cuestión homosexual. En 1973 apoyó la elección de Cámpora y encabezó la columna del Frente de Liberación Homosexual (FLH) que fue a Ezeiza a recibir a Perón. En la revista Somos, del FLH, publicó sus primeros textos políticos. Para la investigadora Cecilia Palmeiro, la experiencia militante de Perlongher está en el corazón de la estética que desarrollará como poeta.
Con seudónimo, escribe informes clandestinos sobre la represión a homosexuales. Se muda a La Matanza, es encarcelado por posesión de drogas para consumo personal, y debe pasar tres meses en Devoto, y en 1980 publica su primer libro: Austria-Hungría , editado por Enrique Fogwill, para quien además trabajaba haciendo encuestas.
Cuando le preguntaron por su estilo como poeta, Perlongher lo definió como: “cierto embarrocamiento (no decir nada “como viene”, sino complicarlo hasta la contorsión) amanerado o manierista y, al mismo tiempo, una voluntad de hacer pasar el aullido, la intensidad. Un barroco de trinchera, o un neobarroso, que se hunde en el lodo del estuario”. Cuando le preguntaron por los autores que más lo habían influenciado, mencionó a surrealistas como Enrique Molina, beatniks como Allen Ginsberg, a Góngora, a los cubanos José Lezama Lima y Severo Sarduy, y a Osvaldo Lamborghini. Si Borges se enorgullecía de su identidad como lector, Perlongher prefería “sobre todo, no tener demasiadas cosas que leer”.
En 1981, después de haber sido golpeado en una comisaría, inicia su “exilio sexual” en San Pablo. En la Universidad de Campinas dará cursos de antropología urbana basándose en textos de Giles Deleuze y Félix Guattari. A raíz de la Guerra de Malvinas mantiene una polémica con los escritores de la revista local Sitio, y escribe el texto Todo el poder a Lady Di . En 1986 termina su tesis sobre el negocio de la prostitución masculina en San Pablo.
En su ensayo La desaparición de la homosexualidad , señaló los peligros de la normalización de la cultura gay, “a la moda norteamericana, de erguidos bigotitos hirsutos, desplomándose en su condición de paradigma individualista en el más abyecto tedio, un reemplazo del matrimonio-norma que consigue la proeza de ser más aburrido que éste”. Aseguró que la sexualidad, con el golpe de gracia que le había dado el Sida, se había vuelto cada vez menos interesante, y propuso “abandonar el cuerpo personal y salir de sí”.
Había empezado a asistir a rituales del Centro Ecléctico de Fluyente Luz Universal Flor de las Aguas, también conocida como la Iglesia del Santo Daime. De origen amazónico, esta religión se basa en la toma de una droga selvática llamada ayahuasca, que brinda acceso a una suerte de experiencia divina. Perlongher viajó a París a estudiar esta experiencia del éxtasis con un reconocido antropólogo, Michel Maffesoli. En París se enteró de que tenía Sida. Murió en San Pablo.
Por su segundo libro de poemas, Alambres , en el que figura “Cadáveres”, recibió el premio Boris Vian, concedido por un grupo de escritores entre los que estaban Héctor Libertella, Tomás Eloy Martínez y Nicolás Rosa.
También publicó Hule (1989), Parque Lezama (1990) y Aguas aéreas (1991). Después de fallecido salió El chorreo de las iluminaciones (1992).
“Bajo las matas / En los pajonales / Sobre los puentes / En los canales / Hay Cadáveres” . Así empieza su poema más conocido, que al final de cada pequeña estrofa vuelve a repetir: “Hay cadáveres”. La repetición de ese estribillo termina generando una suerte de mantra de época.
Después de haber salido en inglés y en sueco, Evita vive fue publicado por El Porteño en 1989, y generó una fuerte polémica por su retrato de una Eva Duarte drogadicta que convive con travestis y chongos en un hotel del bajo de Buenos Aires.
“Perlongher”, señaló Jorge Panesi, investigador y docente, “le dio una dimensión poética a la lengua de las locas. Su irrupción produjo efectos inesperados en la poesía y en el lenguaje de la crítica. La escritura de los grandes poetas provoca esos cimbronazos en la lengua”. Su obra fue criticada por sus pares de frívola y de superficial.
Han sido nuevas generaciones de escritores y de activistas las que ahora han venido a reivindicarlo. Una vez le preguntaron qué hubiera querido ser. Y Perlongher dijo: “un negro, un traidor a la raza blanca”.


(Cada generación tiene sus propios arquetipos y sus gurús o guías espirituales. Así, los Infrarrealistas veneraban a escritores para ellos modelos a seguir, por su voz contestataria o su actitud desafiante, como los Estridentistas, los poetas Enriqueta Ochoa y Efraín Huerta y el narrador José Revueltas, entre otros. Infras que cobijaron al poeta gay Darío Galicia. Nota de Ezequiel Alemián clonada del sitio "revista ñ", Clarín.)

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