miércoles, 19 de diciembre de 2012

Lemebel ama a Luzbel

Enfundado en unas calzas de látex y montado en unos zapatos de tacón negro, Pedro Lemebel aparece por el lado derecho de la sala de Las Artes en Estación Mapocho. Después de cuarenta minutos de retraso, a la audiencia no le importa y lo aplaude a rabiar. Sonríe y deja espacio para escuchar las ovaciones, es el gesto de un actor a paso detenido por la alfombra de una avant-premiere , una Cleopatra de bufanda roja y ojos achinados con sombra color humo. Es el lanzamiento de Háblame de amores en la Feria Internacional del Libro en Santiago de Chile. Sus seguidores se empujan en las terrazas para escucharlo.
Se ve más delgado, vestigios de un cáncer de laringe que le detectaron en 2011 que tuvo como consecuencia la extirpación de gran parte de sus cuerdas vocales. La espera ha sido larga, porque rompe el silencio de cuatro años, desde que apareció “Serenata Cafiola”: silencio literario, pero también físico. Sus palabras son un sonido rasposo, un gemido tenue y metálico. “La voz es importante para los homosexuales, porque siempre se reconocen por la voz”, dice y acto seguido agrega: “Y aunque tengo voz de muerta, estoy enferma de vida”, dice arrastrando las erres. Todos ríen.
El libro está compuesto por 55 crónicas editadas por Seix Barral donde están presentes Mercedes Sosa, Camila Vallejo, el movimiento estudiantil, Fernando Noy, la esposa de Salvador Allende, Hortensia Bussi, los mapuches y la muerte de Augusto Pinochet como algunos destellos de esta recopilación.
“Tengo voz de ultratumba, voz de doctor Mortis”, dice dialogando con el público.
–“Te amooo, Pedro”, lo interrumpe una groupie.
–¿Y que voy a hacer con tu amor? ¿Voy a pagar la luz con tu amor?
Otra vez las risas.
Siguen las bromas, pero lo cierto es que “cáncer” es una palabra que nadie quiere oír. Lemebel hace como si no le entraran balas, pero le cuenta a Ñ cómo se tomó la noticia. “Con algo de fatídico humor. Erase una vez un cancerito pequeñísimo en mi cuerda vocal izquierda, lo bombardearon con radioterapia y tuve que pasar un veraneo en Chernobyl. De ahí el pequeñito cancerín creció y tuve que someterme a una cesárea de laringe para extirparlo. Me apena haberlo perdido junto a mi voz. Sufro depresión post-cáncer”.
En el escenario lanza otra confidencia: “Como es la vida, yo arrancando del Sida y me agarra un cáncer”. Y aunque sus crónicas siempre bordean lo autobiográfico, esta vez –y quizás por esas desgracias que regalan epifanías–, ahora lo hace de manera mucho más profunda.
En el libro habla de todos los tipos de amores que existen. ¿Por qué esta vez aterriza con mayor fuerza en lo autobiográfico?

Debe ser de vieja, quizás el Alzheimer me reflota biografías ajenas y las escribo como propias. En el adjetivar deseos se me confunden los tiempos como en los sueños, parece que fue ayer y no me acuerdo. Parece que fue usted pero era otro u otra
.
También está presente el movimiento estudiantil. ¿Cómo vivió este último despertar de los jóvenes chilenos?
Lo viví participando en las marchas callejeras, sudando y cantando con ellos (en ese momento, tenía voz no me habían operado). Era muy hermoso volver a experimentar el sobresalto de la barricada ardiendo, la protesta, reconozco que en mí también se encendía una chispa de éxtasis y placer. Camila Vallejo fue quien desató la revolución estudiantil, algo en su discurso frontal y certero hizo que las muchedumbres ocuparan las calles con su demanda de educación gratuita y para todos. También había otros dirigentes, chicos muy atinados, pero Camila fue la ‘valkiria roja’, sin duda.


Buenos Aires y "La Noy"
El capítulo “Cantando la perdí” está dedicado a algunas mujeres y una de ellas es sobre Mercedes Sosa, en la que Lemebel cuenta su periplo de juventud para verla en un concierto argentino. “Entonces, yo era mochilero buscavidas que cruzaba la cordillera para respirar un poco la recién resucitada democracia en el vecino país. Por acá apestaba la represión y apenas se podía ver y escuchar a Milanés, a Serrat y a Mercedes Sosa, que eran músicas sospechosas para la jauría milica chilena”. La crónica cuenta cómo logra colarse hasta el camarín de Mercedes Sosa para hablar con ella. “¿Vienes de Chile?” preguntó ella con los ojos empañados. “Y no te canté la canción de Víctor. ‘No puede borrarse el canto con sangre del buen cantor’, murmuró abrazándome, mientras un grueso lagrimón le vidriaba su mejilla”.

En “Háblame de amores” existen confesiones y está dedicado a varios afectos y lugares, entre ellos, Buenos Aires, ciudad a la que vuelve este fin de semana y además a su reunión con Fernando Noy.
Jamás hay confesión en mis textos, eso es católico. Mi crónica es un espejeo donde lo que cuento “puede ser sólo el viento sobre la nieve”. La magia de Fernando Noy tiene algo de eso, una constante intensidad de lírica ambulante, un incierto tornasol avellana en su mirar, en su caminar ondulante por la vereda que se estremece al ritmo de sus caderas, poetisa papisa y poetera tetera. La Noy es patrimonio de Buenos Aires. Para Noy, exijo las llaves de la ciudad...
En la portada de Háblame de amores no aparece maquillado, ni travestido como lo hizo en otras ocasiones. Aquí es Pedro Mardones a los trece años, pelo largo y a cara lavada. La historia detrás de la imagen es la de un viaje al balneario chileno de Viña del Mar que hizo con su familia para pasar la navidad, ese día recibió de regalo una cámara. Violeta Lemebel, su madre, inmortalizó el momento.
Este año, el escritor fue incluido en los libros Mejor que ficción (Anagrama) y Antología de crónica latinoamericana actual (Alfaguara). En 2013 se publicará una antología de sus crónicas a cargo del crítico español Ignacio Echevarría, por Ediciones UDP. “Me peino con la crónica”, bromea Lemebel, sobre estos textos de su presente y pasado.

En este libro, algunas crónicas son menos pudorosas. ¿“Háblame de amores” fue una especie de catarsis? ¿Con qué afecto abordó sus personajes?
Siempre en mi crónica conviven incestuosamente la biografía y lo contingente. Además, porque hay que definir un libro.
Háblame de amores es como un rompecabezas o una maquina desarmable y rearmable de panfletos, dibujos, cartas, cuentos, fotos... quizás sólo pueda inducir a su lectura diciendo que el título es parte de una canción que no recuerdo porque me hace daño recordar. También está mi encuentro con Mercedes Sosa, te digo que son afectaciones y complicidades sensibles y políticas, siempre estuve ahí, no tendría por qué estar en otro lugar. Son los colores de mi sexo en viaje, de mi raza y de mi social popular.
Las mujeres ocupan un lugar importante en su crónica.
Me copan la página del alma...
Respecto a ese género, ¿hay crónica en Latinoamérica?
Por supuesto, la gran obra de Carlos Monsiváis, que en paz descanse, Edgardo Rodríguez Julia, José Joaquín Blanco en México, Perlongher. “Matan a una marica” de Néstor, es fundamental en la crónica latinoamericana. También incluyo a un ramillete de amigas de Buenos Aires que curten el género crónica con fluidez y espanto anal. El resto, hay muchos tristes funcionarios de la crónica, periodismo soplón que usa grabadora y cámara en sus allanamientos policíacos, les encanta viajar en clase VIP, es papel picado de oficina de turismo. Sin apelar al romanticismo, les falta calle, poética y rasmillón urbano.
¿”Háblame de amores” llegará a Argentina? ¿Lo presentará en Buenos Aires?
Ojalá, depende de la editorial Planeta, si no, veré la forma de editar con otra gente. ¿Si viajaré a Buenos Aires pronto? En esta página ya voy en vuelo...
¿Y está escribiendo ficción?
Hay algo por ahí, que quizás sea una novela, o una mezcla de géneros y cosas como son mis libros: un puchero florido, una cazuela, un cebiche mixto literario y popular. ¿Viste?


Derecha en traje de gala
Con la llegada de la derecha al poder, y más allá de su dolor militante, Lemebel padeció un cambio de vida que le pegó duro. Piñera como promesa de campaña amenazó con cerrar el diario La Nación y cumplió apenas se calzó la banda presidencial. Los primeros afectados fueron los periodistas y colaboradores del suplemento dominical, lugar donde Lemebel publicaba semanalmente sus crónicas. “Me quedé sin trabajo, no me salía un puto proyecto y me avisan de la enfermedad”, comentó en el escenario de Filsa. Pero dice que las adversidades es mejor escribirlas. “Esa parte biográfica de mostrar cicatrices y arañazos de la vida, prefiero que lo lean en el libro, la literatura es más digna en su teatralidad narrativa. Aquí aparecería como testimonio piadoso del maricón fatal que al periodismo le encanta exaltar”, advierte en la entrevista.
Siguió su presentación con un repaso por la crónica con “Viva la funa”, un reconocimiento a la protesta en contra del homenaje al torturador Miguel Krassnoff que se realizó hace un año en la comuna de Providencia, escenas sombrías y dolientes de un país sin memoria que quiso escribir. “Mojaron los calzoncillos los torturadores de puro susto, de puro miedo casi se cagaron los puercos ante la avalancha majestuosa de la Funa en el club Providencia, ahí donde sería el homenaje al monstruo Krassnoff, aquel agente del bigotito asesino, el bigotito sarcástico cuando sonreía ordenando la tortura, ordenando patear a la niña embarazada, para hacerla abortar con la bota en el vientre, con la lustrosa bota reventando la bolsa de sangre y el feto a pedazos que cayó en la fría losa del cuartel.”
La llegada de Piñera al poder vino de la mano con el cierre de La Nación y homenajes a torturadores como el de Krassnoff. ¿Qué significó para usted tragarse a este nuevo Chile?

La llegada de la derecha sin duda fue un bajón, pero fue peor ver su instalación en el poder, cómo fueron ocupando los lugares culturales con sus políticas livianas, como modas de temporada primavera verano. Ver cómo se hacían homenajes a torturadores fue muy fuerte. Sin duda que en ese momento fue importante la Funa, el grupo de familiares de detenidos desaparecidos que en la Argentina se llaman ¿Hijos? Creo. Después perder mi lugar de trabajo y por supuesto no poder optar por ningún proyecto por estar re contra fichado. Tener esta lengua en Chile tiene sus costos.

Después del asesinato de Daniel Zamudio [joven gay atacado brutalmente en marzo por una pandilla neonazi que falleció luego de 25 días de agonía] hubo conflictos entre fundaciones y rostros que se apropiaron de este incidente. ¿Hay un nuevo prototipo de homosexualidad que se instaló con el discurso de derecha?
Desde antes, el movimiento homosexual chileno se aburguesó “cerdamente” en la obsesión eunuca de su “matrimonia” gay. Se emparejó con la derecha chilena en sus tibias demandas liberales. Y el repudiable asesinato de este chico lo instaló como el mártir preciso que necesitaba la derecha homo para reforzar sus peticiones legales. Era joven y lindo, un Sebastián gay del neoliberalismo. Si hubiera sido una “trava” vieja no les hubiera importado.
Desde octubre y hasta marzo de 2013, la obra del grupo las Yeguas del Apocalipsis se presenta en el Museo Reina Sofía, de España, pero Lemebel no piensa viajar. Siempre ha dicho que no pisará suelo ibérico y alguna vez hasta rechazó una invitación del escritor Roberto Bolaño. “La obra del colectivo de arte homosexual que formamos con Francisco Casas en los ochenta ingresó al arte mundial porque esa década está siendo revisitada por la crítica. El caso de las Yeguas fue único en Latinoamérica por la opción que tomamos, desde la minoría travesti, de reivindicar a los detenidos desaparecidos. Quizás es simplificarlo, pero nuestra obra es en gran parte eso. Roberto Bolaño conocía mi trabajo y fue muy generoso en sus comentarios en un tiempo en que poca gente apostaba por mi escritura. A él sólo le gustaban mis crónicas, porque la novela Tengo miedo torero no le parecía interesante, me dijo que era un ‘folletín cursi’, y tenía razón, eso es lo que es.” En la presentación, una de las crónicas más vitoreadas fue la del “Ministro Piñerarte” donde se habla de “la derecha en traje de gala”. Allí, Lemebel cuenta la proeza de haberle escupido en los pies al ministro de cultura Luciano Cruz-Coke, quien después lo tachó de “nostálgico resentido”. “Y yo medio sonámbula, medio asqueada de tanta desfachatez, lo miro, lo mido, lo tazo, y sin decir agua va, escupo al suelo, exactamente a un centímetro de su lustroso calzado. ‘¡Esto es muy feo, Pedro!’, exclamó el ministro, morado de ira”.
“Soy ‘terrible’ de resentía”, explicó Lemebel sonriendo al público para responder sobre ese epíteto favorito de la clase alta chilena para referirse a los pobres o a la izquierda.Y dice que el resentimiento siempre será la vereda desde donde escribe. “Mira, tampoco puedo ser tan tonta y explicarlo demasiado. Es también una parodia que invierto al reírme del resentir, o sea fundamentalizar el único lugar donde no puedan coaptarme con la limosna miserable de los derechos civiles. Ser tan roja, tan marica, tan pegada, tan resentida que fundo un territorio arcaico donde no puedan alcanzarme con su beneficencia ortopédica de igualdad social. ¡Puaj!”, remata en la entrevista.
Frente al micrófono y después de leer una última crónica, Lemebel se despide posándose las manos al pecho. “Yo los llevo en el lado zurdo de mi corazón”, confiesa a su audiencia. Sabe que con una educación de aranceles millonarios, un sueldo mínimo de 300 dólares, las protestas y la represión policial, el resentimiento, también es el único espacio intacto de una gran mayoría chilena. Golpea sus tacones en el suelo, se escucha La Internacional y avanza con el puño izquierdo en alto.
Lemebel está de vuelta.


(Entrevista de Carolina Rojas con la diva chilena, fusilada de "revista ñ", Clarín.)

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