lunes, 17 de diciembre de 2012

La naranja de la discordia

Fui a ver La naranja mecánica de Stanley Kubrick en Nueva York, peleando para entrar, como todos los demás. La pelea valió la pena, pensé –una película muy Kubrick, técnicamente brillante, pensante, relevante, poética, que despierta conciencia–. Fue posible para mí ver el trabajo como una remake radical de mi novela, no como una mera interpretación y esto –esta sensación de que no era una impertinencia promocionarla como La naranja mecánica de Stanley Kubrick– es el mejor tributo que le puedo pagar a su maestría. El hecho permanece, sin embargo, de que la película salió de un libro, y que la controversia que empezó a relacionarse con la película es controversia en la que yo, inevitablemente, me siento envuelto. En términos de filosofía e incluso teología, la Naranja de Kubrick es un fruto de mi árbol.
Escribí La naranja mecánica en 1961, que es un año muy remoto, y experimento cierta dificultad en empatizar con aquel escritor ya desaparecido, quien, preocupado por su sustento, llegaba a escribir cinco novelas en 14 meses. El título es lo más fácil de explicar. En 1945, cuando había vuelto del ejército, escuché a un cockney de 80 años en un pub de Londres decir de alguien: “Es más raro (queer) que una naranja mecánica”. El “raro” no significaba homosexual: quería decir “loco”. La frase me intrigó porque fusionaba particularmente lo surrealista y lo popular. Durante casi veinte años quise usarla como título de algo. Durante esos veinte años la escuché varias veces más –en estaciones de subte, en pubs, en la televisión– pero siempre de cockneys ancianos, nunca dicha por jóvenes. Era un tropo tradicional y debía titular un trabajo que combinara una preocupación por la tradición y una técnica bizarra. La oportunidad de usarla vino de cuando concebí la noción de escribir una novela sobre lavado de cerebros. El Stephen Dedalus de Joyce en Ulises se refiere al mundo como una “naranja achatada” (oblate); el hombre es un microcosmos o mundo pequeño; es un brote tan orgánico como una fruta, capaz de color, fragancia y dulzura; interferir con él, condicionarlo, es convertirlo en una creación mecánica.
Había en aquel entonces una presencia importante en la prensa británica de artículos sobre los problemas de la creciente criminalidad. La juventud de fines de los ’50 era inquieta y revoltosa, insatisfecha con el mundo de la posguerra, violenta y destructiva, y de ellos era de quienes hablaba la gente cuando se refería a la creciente criminalidad. Mirando atrás desde un pico de violencia podemos ver que los teddy boys y mods y rockers británicos eran meros principiantes en el arte de la agresión antisocial; sin embargo, eran portentosos y el hombre de la calle tenía razón cuando sentía miedo. ¿Cómo lidiar con ellos? La prisión y el reformatorio los volvían peores: ¿Por qué no ahorrar el dinero de los contribuyentes y someterlos a un curso fácil de condicionamiento, una especie de terapia de aversión que debería hacerles asociar el acto de violencia con malestar, náusea y hasta amenazas a su mortalidad? Muchas cabezas asintieron a esta propuesta (en el momento no una propuesta del gobierno, pero una propuesta que habían dado a conocer de forma privada influyentes teóricos). Aún hoy hay cabezas que asienten ante la propuesta. En The Frost Show me dijeron que hubiera sido bueno forzar a Hitler a una terapia de aversión, así el mero pensamiento de un nuevo putsch o pogrom lo habría hecho vomitar sus tortas de crema.
Hitler era, desafortunadamente, un ser humano, y si hubiéramos podido tolerar el condicionamiento de un ser humano, lo habríamos aceptado para todos. Hitler era una gran molestia, pero la Historia ha conocido a otros lo suficientemente molestos como para que los dedos del Estado sintieran picazón –Cristo, Lutero, Bruno, incluso D. H. Lawrence–. Uno tiene que ser genuinamente filosófico sobre esto, aunque haya sufrido mucho. No sé cuánto libre albedrío posee el hombre (Hans Sachs de Wagner dijo “Wir sind ein wenig fre”, “Somos un poco libres”), pero sé que lo poco que parece tener es demasiado precioso como para ser usurpado, por buenas que sean las intenciones del usurpador.
La naranja mecánica tuvo intenciones de ser una especia de tratado, incluso un sermón, sobre la importancia del poder de elegir. Mi héroe o antihéroe, Alex, es muy vicioso, quizá incluso imposiblemente vicioso, pero su vileza no es producto de condiciones genéticas o sociales: es algo propio en lo que se embarca con total conciencia. Alex es malvado, no está simplemente equivocado, y en una sociedad bien administrada la maldad que él representa debe ser chequeada y castigada. Pero su maldad es una maldad humana y reconocemos en sus actos de agresión potencialidades de los nuestros –realizados por el ciudadano no criminal en la guerra, la injusticia, la crueldad doméstica, los sueños en el sofá–. Alex es un ejemplar humano de tres maneras: es agresivo, ama la belleza y usa el lenguaje. Irónicamente, su nombre puede significar “sin palabras” aunque tiene muchas palabras propias –su dialecto grupal inventado–. No tiene, sin embargo, palabras que decir en el manejo de su comunidad o del Estado: la indignación se entromete en el camino de la caridad humana. El punto es que, si vamos a amar a la humanidad, tenemos que amar a Alex como un miembro –bastante representativo– de ella. El lugar donde Alex y su espejo F. Alexander son más culpables de odio y violencia se llama Hogar y es allí, nos dicen, donde la caridad debe comenzar. Pero con ese mecanismo, el Estado, que primero está preocupado por su autoperpetuación y, segundo, está más contento cuando los seres humanos son predecibles y controlables, no tenemos ninguna obligación, ciertamente no la obligación de la caridad.
Tengo una observación final que hacer y ésta no les va a interesar a aquellos que les guste pensar en la naranja de Kubrick más que en la de Burgess. El lenguaje tanto de la película como del libro (llamado nadsat, el sufijo “adolescente” ruso, como en pyatnadsat, que significa “quince”) no es mera decoración ni es una indicación siniestra del poder subliminal que el superestado comunista pueda tener sobre los jóvenes. Quiso convertir a La naranja mecánica en, entre otras cosas, un manual de lavado de cerebros. Uno lee el libro o ve la película y al final debería encontrarse en posesión de un vocabulario ruso mínimo –sin esfuerzo, con sorpresa–. Así funciona el lavado de cerebros. Elegí palabras rusas porque se mezclan mejor con el inglés que las francesas o alemanas (porque el alemán es una especie de inglés no demasiado exótico). Pero la lección de La naranja no tiene nada que ver con la ideología o las técnicas represivas de la Rusia soviética: está preocupada con lo que puede pasarnos a cualquiera de nosotros en Occidente si no mantenemos nuestra guardia alta. Si La naranja, como 1984, toma el lugar de una de las advertencias literarias –o cinematográficas– en contra de la debilidad, el pensamiento poco riguroso y la exagerada confianza en el Estado, entonces tendrá algún valor. Por mi parte, el libro no me gusta tanto como otros que escribí: lo he mantenido, hasta hace poco, en una jarra cerrada –mermelada, preservada en un estante antes que una naranja en un plato–. Lo que me gustaría es ver una película de otra de mis novelas, todas las cuales son singularmente no agresivas, pero temo que eso es pedir demasiado. Parece que debo ir por la vida como la fuente y el origen de una gran película y como el hombre que debe insistir, contra todos los que piensan lo contrario, que es la criatura viva menos violenta. Como Stanley Kubrick.


(Nota de Anthony Burgess, "Mermelada mecánica", a propósito del estreno de la versión cinematográfica de su memorable novela, a través del talento de Stanley Kubrick. Ambos ya muertos. Reproducida del sitio "radar libros" en Clarín.)

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