sábado, 10 de noviembre de 2012

España: los banqueros suicidas

Hace ya muchos años, el maestro Manuel Vicent escribió una columna en la que todas las esquinas de la ciudad estaban ocupadas por mendigos. Un día, inopinadamente y sin que se supiera por qué, todos los mendigos se convirtieron en bombas humanas que comenzaron a explotar a la vez sembrando el pánico en la ciudad.
Imagine usted que una mañana llegan a su casa unos hombres acompañados de dos guardia civiles y le conminan y obligan a usted y a sus hijos a abandonar la vivienda en el acto, sin más tiempo que recoger unas ropas, y entre lágrimas se ven usted y sus hijos en la calle con los bultos. No sabe qué hacer, a dónde acudir, tal vez una hermana pueda recogerles en una habitación de su casa en un barrio lejano. Esto no es ciencia ficción ni una película, esto ocurre en España 350 veces todos los días, como si fueran esquinas de mendigos.
Había un eminentísimo magistrado del Tribunal Supremo en las postrimerías del franquismo y un día hubo de discutir con seis compañeros una sentencia de muerte por un delito común. El magistrado eminente se negó a poner su firma que llevase al condenado al garrote, y ante la insistencia de los otros seis para convencerle de modo que se reuniese la unanimidad, los retó diciendo ‘yo la firmo si a continuación vais vosotros a presenciar la ejecución. A los dueños de los bancos y cajas y a sus respectivos, numerosos y magníficamente retribuidos consejeros se les debería obligar a que presenciaran físicamente el desalojo de las viviendas cuyos desahucios ellos instaron, y vieran en primera línea tan reconfortante espectáculo. No es lo mismo ordenarlo en abstracto que presenciar la realidad.
Se puede cambiar la Constitución en una noche para hipotecar España de modo que los acreedores extranjeros gocen de absoluta prioridad de cobro frente a salarios, pensiones, prestaciones por desempleo y demás, y no se puede legislar en una hora el término de esta vejación a los derechos más elementales de los ciudadanos. Se reúnen de cara a la galería del pueblo, proyectan, dicen que dialogan, quedan en verse, vamos a ver…, y el Presidente del Gobierno anuncia en un mitin electoral en Catalunya que intentará una dilación o moratoria. Pero lo harán, si lo hacen, solo para los desahucios futuros, no sobre los miles que ya están en marcha. Por lo visto, el Estado puede compensar las deudas pasadas por la mala gestión de los bancos y cajas, pero no las que los ciudadanos han de pagar de por vida al quedarse sin trabajo.
Es terrible que este asunto se convierta en un reality-show social y político. Es terrible que el suicidio se convierta en la única defensa que muchos ciudadanos tienen ante la adversidad, ya sea por la vivienda o ya por cualquier otra circunstancia económica que les atenaza e inhabilita, y de las que en ningún caso el poder político es inocente. Ningún Gobierno, ninguna sociedad podrá justificar nunca los trastornos de conducta que provoca la extrema penuria económica. Jamás habrá explicación para que los suicidas llenen con su sangre las calles de España.


(¿Los jardines y parques públicos lucirán este diciembre familias completas colgadas de las ramas? Al paso que vamos no habrá quién se encargue de recoger los despojos de una mujer de 55 años que se arrojó de un séptimo piso antes del deshaucio. Nota de Arturo González en el sitio Público.)

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