domingo, 18 de noviembre de 2012

ENTRE BORGES Y UNA CAMA SIN COLCHÓN

uno.

Esta mañana fuiste a Dormimundo a preguntar precios de colchones matrimoniales: el amable empleado te dijo con una sonrisa que el más barato cuesta dos mil pesos -ya incluído el descuento de El Buen Fin, versión libre del "Black Friday" gringo-. Le dijiste que en la semana viste al pasar en un Transportes de Guadalupe que antes del viernes tenían un letrero con descuentos del 50 por ciento, que si la promoción incluía esa cantidad. Le dio vueltas a su alegato y te diste cuenta que no era así. Pero que podías pagar en abonos de plazos de tres y seis meses y que el colchón te lo entregan a domicilio. Pero no tienes tarjeta de crédito por no entrar al infierno sin necesidad. Le prometiste reflexionar tu compra (es para el cuarto de invitados de un lobo estepario), aunque sabes de antemano que será más práctico recibir huéspedes en dos colchonetas de hule espuma que te puede elaborar Mara la costurera.


dos.

Ayer sábado fuiste a la sección de libros de Sanborn's a preguntar si los de Alfaguara y Mondadori -las ediciones económicas de ésta se desencuadernan y encierran demasiadas erratas, confróntese "El libro de arena", de Borges-Kodama-, estaban rebajados conforme aa la publicidad del cacareado "Buen Fin". No, te respondió el empleado de saco rojo, pantalón azul y zapatos sin suelas ni agujetas, sólo puede llevar libros con planes de pago de tres y seis meses. Pero no tengo Visa ni American Express Gold, le dije. Volteó a verme el pantalón parchado, la camisa de cuatro botones y la barbilla con pelos de seis días. Cuando aprecié su vistazo desaprobador, supe que otra vez me quedaría sin la "Trilogía de Nueva York", la última de Trinidad Maldonado y "Un mundo para Julius", del impasible y premiado Bryce Echenique. Ni modo. Esperaré la cuesta de enero.


tres.

El viernes fuí a "El más barato", una de las tiendas de ropa de Juan Enríquez a preguntar si sus calzones y calcetines estaban en oferta o rebajados. Pero me detuve a la entrada cuando recordé que la última vez que adquirí un par de calcetines los estrené en la mañana y en la tarde del mismo día ya se habían roto del dedo gordo. De donde deduje que sólo tienen mercancía vieja, que es mejor que me fuera a Wal-Mart o a Bodega Aurrera, tiendas departamentales que expenden saldos traídos de Aguascalientes y Guadalajara, como lo hacen en Suburbia y Sam's. Así que opté por abstenerme de comprar cualquier chingadera hasta después de El Buen Fin.


cuatro.

El sábado mismo vino a la librería La Azotea don Porfirio, un lector e historiador autodidacta, que a veces se lleva libros pagaderos en plazos. Como lo hace cada fin de semana, estacionó su carcacha y entró. (Nunca invita a entrar a su mujer ni a su nieto el güero). Le pregunté si como burócrata estatal le habían entregado un adelanto de su aguinaldo para "aprovechar" el Buen Fin. "Pa qué chingaos, me dijo, si era optativo y que a él le tocaban entre mil 500 y dos mil pesos". No, mejor los guarda para el pago del recibo de luz, un tanque de gas o una botella de tequila "Tenamaste viejo", le dije. ¿Verdad que sí?, me respondió. De otro modo se le va a hacer más cabrona la cuesta de enero, le redondeé. Es lo que yo digo, me reviró.

   Entre más jodida está la gente quieren una pantalla de plasma más grande, me dijo don Porfis, al tiempo que abarcaba una tele imaginaria para ilustrar la plática. Ahi lo veo luego, me dijo a modo de rúbrica y se fue porque tenía una comida en casa de su mami.

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