viernes, 23 de noviembre de 2012

De Cheever a Carver, Raymond

Entre los narradores de Estados Unidos más conspicuos del siglo XX se cuenta, como uno de los más importantes, a John Cheever, que nació en 1912 y murió en 1982. Vivió, disfrutó, sufrió y gozó sus setenta años entre su lugar de nacimiento en Quincy, Massachusetts, y la ciudad de Nueva York. Su literatura tiene como alma el ser del neoyorkino. Sus personajes, hombres mujeres comunes y corrientes, van a Nueva York o vienen de Nueva York. Si se desplazan a Europa casi siempre es a Italia.
Escribió novelas y cuentos, pero ha perdurado más como cuentista desde que el crítico Malcolm Cowley publicó su primer texto en el periódico The New Republic, en 1930. Ese cuento, Expulsado, cuenta la experiencia de su expulsión de una escuela en la que lo sorprendieron fumando.

Su nombre estuvo siempre asociado a la revista The New Yorker, que se caracteriza por publicar un tipo de narración formalmente poco experimental y atrevida. Sin desmerecer en su calidad, la narrativa propia de The New Yorker tiene un estilo tradicional y se propone ser entendida por el público mayoritario.

Se ha dicho que John Cheever es el Chejov de Nueva York, un escritor que penetra en el alma de sus personajes y que los extrae, transfigurándolos, de la calle, las oficinas, los puestos de periódico, los bares, los taxis, siguiendo la convicción de muchos de los escritores norteamericanos de que la literatura es algo que está en la vida cotidiana de seres no excepcionales y no tanto en el mundo académico o intelectual.

El estilo de John Cheever es muy conciso. Procura decir lo más con lo menos, evocar lo más significativo con el menor número de palabras. No entra en su prosa ni una sola palabra que no sea la justa, la necesaria, la indispensable. Y en ese estilo sencillo, claro, escueto, está su decir: su modo de decir.

Podría decirse sin mayor dificultad que el mundo de Cheever es el de unos seres infelices. Retrata, dibuja, entonces, colorea, un cierto tipo de infelicidad —escondida, disimulada— que distingue a la clase media en la que sobreviven sus personajes. Pinta situaciones y personajes que de algún modo no alcanzan a descifrar la clave de la felicidad; conocen el fracaso, la impotencia, la dificultad del amor en la pareja y en el resto de las relaciones humanas. También hace ver en sus relatos el desconcierto o la amarga tristeza que puede darse entre un padre y un hijo. Reunión es un cuento en el que el joven narrador personaje se ve por un momento con su padre al que, luego del divorcio, no ha visto en tres años. El padre lo encuentra en una estación del ferrocarril de las afueras, lo invita comer, y por lo menos en tres cafeterías o restaurantes, los echan, les niegan el servicio porque el papá se pelea con los meseros por una especie de irritabilidad alcohólica y neurótica. De tal manera que el hijo, ilusionado, contento por haber vuelto a ver al padre, se queda en la nada y en la incomunicación.

En las historias de John Cheever sobrevivirán para siempre, puesto que eso es lo maravilloso de los libros y de la literatura, quienes vivían en Nueva York y pasaban de la juventud a la mediana edad y luego a la vejez en los años 30, primero, y después, la generación que vivió la Segunda Guerra Mundial en los años 40 y volvió para reintegrarse al mundo del trabajo o de los estudios universitarios.


(Si te dieran a escoger un libro de regalo, escogerías a Raymond Carver por encima de Cheever, aunque de ambos se ocupa con elogios Harold Bloom, crítico riguroso y muy propenso a seleccionar mayoritariamente a escritores de Estados Unidos, su paìs de origen. Y de ambos, curiosa o singularmente, se ha dicho que fueron herederos de Anton Chéjov. Nota del autor Federico Campbell clonada del sitio "río doce".)

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