martes, 20 de noviembre de 2012

Bryce E., "un premio vergonzante"

Un escritor famoso, un gran escritor, recibe un premio. Su última novela es elegida la mejor del año y el Estado le otorga el Premio Nacional de Narrativa. Pero el escritor, cuya obra no ha hecho sino crecer con el tiempo y ya tiene cara de clásico vivo, se disculpa. No puede recibirlo. Se prometió no aceptar condecoraciones oficiales y quiere ser consecuente. Que nadie se ofenda. “El Estado no tiene por qué pagarme por mis tareas de escritor”, dice.

Otro autor, tan famoso como aquel, también recibe un premio. Es un galardón internacional. Lo entregan la Feria del Libro y la Universidad de Guadalajara. El escritor, cuya obra no ha hecho sino decaer con el tiempo, se siente feliz. Pero lo cuestionan. Le sacan unas viejas acusaciones de plagio.

El escritor dice que eso ya está resuelto. Lo desmienten. Circula entonces una carta de apoyo, breve pero larga: tiene más firmas que ideas. El premiado no quiere renunciar. Para evitarse problemas, los organizadores le piden que mejor no vaya a recibir el premio, para qué: ellos se lo llevan a casa. Al escritor le da tristeza, pero no se desanima: últimamente los premios no le llueven, hay que hacer una fiesta.

Podría ser ficción, pero es real: el jueves el español Javier Marías, que es o debería ser el mejor escritor hispanoamericano actual, rechazó el Premio Nacional de Narrativa en su país. Su novela Los enamoramientos fue la mejor de 2011. Marías dijo gracias, pero no, “no me es posible aceptarlo”. No fue una decisión política: si estaba el Psoe en el gobierno habría hecho lo mismo. Es una decisión moral: hace años prometió no recibir premios institucionales. “Sería indecente aceptarlo”. ¿Y si dona el dinero? “Hubiera sido demagógico”, dijo. Contó que cerró también la puerta para un premio mayor: disuadió a un grupo que lo nominaba al Cervantes.

El mismo día, en Lima, Alfredo Bryce Echenique recibía el Premio de la Feria del Libro de Guadalajara (ver pág. 100). Fue una entrega en secreto, después de semanas de polémica. Primero, por las acusaciones de plagio en su contra. Bryce recibió multas, pero trató de borrar la mancha con el codo: dijo que le habían devuelto el dinero. No era cierto. “Bryce robó trabajos ajenos y no merece el Premio FIL”, dijo el mexicano Juan Villoro. El jurado del galardón, así como la carta que circuló en su apoyo, destaca el valor y la influencia de su obra literaria desde su primera novela, Un mundo para Julius. No dicen nada del plagio ni de las columnas. ¿Perdón u olvido?.

“El plagio es el equivalente literario del dopaje deportivo o la negligencia médica. ¿Merece el Balón de Oro un futbolista que ganó el Mundial pero en otros 16 partidos dio positivo por dopaje?”, se preguntó Villoro. “El Premio FIL se entregará a domicilio, como una pizza de 150 mil dólares. Otra ventaja de plagiar: no tienes que salir de casa”.

A Marías lo acusaron de arrogante; a Bryce, de cara dura. Bolaño podría haber hecho un cuento o un chiste con esta historia. No toleraba el plagio y escribió un par de líneas al respecto, armadas de ironía y lucidez: “El plagiario merece que lo cuelguen en la plaza pública (...). Así que este punto queda claro: no se debe plagiar, a menos que deseen que te cuelguen de la plaza pública. Aunque a los plagiarios, hoy en día, no los cuelgan. Por el contrario, reciben becas, premios, cargos públicos, y, en el mejor de los casos, se convierten en bestsellers y líderes de opinión. Qué termino más extraño y feo: líderes de opinión. Supongo que significará lo mismo que pastor de rebaño, o guía espiritual de los esclavos, o poeta nacional, o padre de la patria”.


(nota de Andrés Gómez Bravo duplicada de "muro de cultura", diario La Tercera, Santiago de Chile.)

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