jueves, 25 de octubre de 2012

Rulfo: "nos han dado el infierno"

Juan Rulfo perteneció a aquella raza peculiar de escritores que, en plena estridencia del boom latinoamericano, poco antes o después de la gran eclosión de stars como Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Vargas Llosa, eligieron las estrategias del silencio, la retirada al fondo de la escena, el bajo perfil. Rulfo, como Onetti y José María Arguedas, tenían un enemigo en común que también era una fantasma y una demanda explícita: la profesionalización del escritor. Al combatirla, cada uno a su manera, se resguardaron de la fama y también pagaron altísimos costos. Esa manera de ser, y de existir, y de dejar de ser y de escribir, los convirtió en mitos vivientes, sufrientes y románticos. Rulfo no se suicidó como Arguedas ni se echó a la cama por años como Onetti, pero fue el más consecuente en sostener el misterio sobre sí mismo, los motivos de su no publicar. Parco, hundido en el silencio, se quemó en el fuego de El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955). Ya estaba todo dicho y faltaba una década para el boom latinoamericano. ¿Qué lo llevó a dejar la escritura o, en rigor, la publicación? ¿No tener “más nada que decir”? ¿Alcohol? ¿Mal de amores? ¿La presión de la fama que le resurgió en los ’70?
Reina Roffé, escritora y crítica, se interesó desde muy joven por la obra, la figura y los misterios de la “agrafia” de Rulfo. A punto tal que Juan Rulfo. Biografía no autorizada es el tercer libro que le dedica, sumando voces y testimonios y conjeturas a lo ya publicado. Además, pudo conocerlo y entrevistarlo en 1974, constatando en carne propia que no era una tarea fácil acceder a su palabra, enfrentar su figura. Esta edición, ampliación de Las mañas del zorro (2003), abre con un interesante prólogo de Blas Matamoro, autor, vale pasar la voz, de la mejor biografía sobre Victoria Ocampo (Genio y figura de Victoria Ocampo) y cierra con un personal epílogo de la autora que, según señala en esta entrevista, ya no volverá sobre los pasos de Rulfo.
Roffé confiesa que fue más por devoción que por obsesión que se dedicaría desde muy joven a “asediar” a Rulfo. Lo cierto es que a lo largo de los años, el fruto fue creciendo y también Roffé fue combinando una peculiar capacidad para mantener el equilibrio entre espíritu crítico (no sólo hacia Rulfo sino hacia todo el sistema literario que lo contuvo o no, que lo lanzó y lo relanzó, que quizá no pudo terminar de entenderlo) y sensibilidad y cariño hacia un ser frágil aun en la autoconsciente construcción del mito.

¿Cómo fue tu acercamiento a Rulfo y su obra, y cómo se fue desarrollando a lo largo de los años?
 
–De aquellos autores que se dieron a conocer internacionalmente en los sesenta y setenta, de la mano del boom latinoamericano, Rulfo fue quien más me interesó. Sus dos exiguas obras, que leí en esos años, me fascinaron y quise saber quién estaba detrás. Comencé a leer cuanta entrevista le hacían y los trabajos críticos que iban surgiendo sobre Pedro Páramo y El llano en llamas. Yo era muy joven y hablaba con tanto entusiasmo de Rulfo que Alberto Vanasco y Juan Carlos Martini Real, que dirigían la revista Latinoamericana, me pidieron que escribiera algo para ellos, y de ahí surgió lo que denominé Autobiografía armada, un texto en primera persona que trabajé como si fuera un relato, construido con fragmentos de reportajes y declaraciones de Rulfo, y cuyo protagonista principal era él mismo hablando de su infancia, de su pueblo, de la Revolución mexicana, de la revuelta cristera, de cómo elaboró sus cuentos y la novela. El texto se publicó en la revista y, luego, apareció en forma de libro, con bellas ilustraciones, en una edición de Corregidor de 1973. Era un libro muy breve que más tarde, en 1992, descubrió un editor catalán que lo recuperó para editorial Montesinos. Después de este tímido acercamiento a Rulfo, y ya recientemente, surgió la posibilidad de escribir la biografía para Espasa Calpe de España. Una biografía que titulé Juan Rulfo. Las mañas del zorro, y vio la luz en 2003 con muy buena recepción crítica. La edición se agotó pronto, pero, en el ínterin, la editorial canceló la colección de biografías de escritores y mi libro no fue reeditado hasta ahora aumentado y corregido.

¿Por qué esta edición dice “Biografía no autorizada” en el subtítulo?
 
–Para indicar que el texto no ha pasado por ningún visto bueno, por ningún filtro de ésos por los que suelen pasar las biografías. Para esta edición, enriquecí fragmentos relacionados con su trabajo en el Instituto Indigenista y con otros tramos de su vida y también incorporé más testimonios y anecdotarios.

Uno de los aspectos centrales de Rulfo fue su cerrazón, su toma de distancia, pero vos pudiste entrevistarlo. ¿Cómo describirías el impacto que te produjo?
–Conocí a Rulfo en 1974, cuando visitó Buenos Aires como miembro de la comitiva oficial de intelectuales que acompañaron al presidente mexicano Luis Echeverría Alvarez en un recorrido por América latina. Parte de la delegación se había alojado en el Plaza Hotel, y allí lo entrevisté gracias a la amabilidad de Edmundo Valadés y de Augusto Monterroso, que hicieron de puente. Fui a visitarlo con Héctor Lastra y Martini Real, dos escritores que, lamentablemente, ya han fallecido, y a quienes siempre recuerdo con especial cariño. Los tres teníamos una gran expectativa por encontrarnos con un autor tan singular y enigmático. La leyenda sobre su extraña personalidad, su melancolía, su negativa a seguir publicando, su modestia y timidez, que lo llevaban a escaparse de la prensa, se había expandido como un reguero de pólvora. Ciertamente, su conversación estaba llena de silencios, de momentos incómodos para un interlocutor que no lo conocía en profundidad, cosa que hacía difícil entrevistarlo. Pero cuando encontraba lo que quería decir, finalmente hablaba y lo hacía con frases cortas, con un lenguaje poético campesino realmente encantador. Entonces, uno se daba cuenta de que no era tan tímido, sino, como él mismo decía, “de chispa retardada”.

En ese momento, 1974, ¿qué te llamó más la atención de él?
 
–Advertí que, como todo ser apartado o automarginado, le gustaba ser incluido, que le prestaran atención. Ese encuentro fue para mí muy revelador. Era un hombre que llevaba en su rostro una pena enorme. Tenía editores y lectores reclamándole más libros, contaba con una crítica que lo ponderaba, algo con lo que sueñan todos los escritores, y sin embargo no podía, por retraimiento o exigencia desmesurada, escribir nada que él considerara apto para su publicación. Por un lado, lo tenía todo y, por otro, nada, aunque lo respaldaban sus dos magníficas obras.

A la luz de los libros, incluyendo este último, ¿tenés una “versión” definitiva acerca del mito de Rulfo, de su silencio, su retiro, su lugar entre los otros escritores latinoamericanos?
 
–Esta biografía es lo último que voy a publicar sobre Rulfo, precisamente porque doy por terminada mi composición de lugar sobre un autor insuperable, incluso por él mismo, que no pudo dar a conocer nada más, porque sentía que todo lo que intentó después de su libro de cuentos y de Pedro Páramo no daba la talla, no tenía el nivel de lo anterior y, en consecuencia, decidió, valiente y atinadamente, abstenerse, algo que lo honra, pues da ejemplo de ética personal. Con mi biografía intenté reescribir los vacíos, los baches, los puntos ciegos del escritor. Una de las cosas que más me atrajeron como materia de investigación fue la cuestión de la mentira en Rulfo. Me resultó muy interesante observar cómo fue urdiendo fragmentos de su vida a través de una serie de embustes. Mintió en casi todo, incluso en asuntos que no tenían mayor importancia: cambió su fecha y lugar de nacimiento varias veces, maquilló su infancia, contó historias distintas sobre cómo había ocurrido el asesinato de su padre, mintió sobre los estudios que había cursado, ocultó hasta el final, cuando ya no era necesario hacerlo, que había sido seminarista. Juró y perjuró que estaba escribiendo libros que, finalmente, nunca publicó, y de los que apenas se encontraron un par de páginas, algún fragmento, nada significativo. Mintió, pero también desmintió, desmintió ciertas lecturas, sus influencias literarias, odió y habló pestes de los críticos que vieron en su obra la huella de Faulkner, porque quería ser el más original de todos, cuando sabemos que cada lectura que realizamos deja una marca y no es algo para avergonzarse. Además, orienté la escritura de esta biografía hacia el enfoque de lo que se había callado de este autor, lo que el propio Rulfo había silenciado o tergiversado para mostrar la distorsión, la permanente metamorfosis de la verdad en él. Me di cuenta de que a veces uno no está a la altura de sus deseos o expectativas, y Rulfo era una persona que deseaba demasiado, que pedía mucho de sí mismo. En Rulfo había que leer, digamos, la “mexicanidad” y sus múltiples trabas: la imposibilidad de decir no, no sé; su aspecto insondable, que se cubría de elementos imaginarios, incluso melodramáticos o de humor, a veces agudo y otras francamente ácido, para desdibujar o endulcorar cierta verdad que no podía nombrar.

Además, abordaste esta nueva y última biografía con todo un bagaje propio de escritora.
 
–Escribimos porque nos rehacemos escribiendo. En este sentido, abordar la escritura de una biografía, sobre todo la de un escritor, representa un claro ejercicio de reescritura y también de transformismo o travestismo, porque el biógrafo se transforma en el personaje narrado y, a veces, el personaje se vuelve como el narrador. Ambos ignoran esta mudanza, simplemente sucede, especialmente cuando sintonizamos de tal forma con la mitología del otro: en Rulfo, el niño abandonado, el hijo del desconsuelo, el escritor silencioso y silenciado que se produce una suerte de coexistencia. La biografía es un espejo del Yo, de un Yo que puede ser el mío en la medida en que la escritura sobre la vida del otro empieza a reflejarme peligrosamente. De cualquier forma, poco hay que sea definitivo. Y como existe mucha información sobre Rulfo que permanece blindada, quizá más adelante alguien pueda tener acceso a ese material oculto y aportar nuevos datos, ofrecer otra mirada. Pero yo doy por concluida mi tarea.


(Del escritor de Jalisco se ha dicho que: era inasible, hosco, mudo, sombrío, silencioso, alcohólico, mandilón, de mal genio y mil adjetivos más; pero ninguno lo define. La entrevista de Claudio Zeigner con la investigadora es una muestra de lo que se calla del padre de "Macario". Nota calcada tal cual de "radar libros" en el sitio Página/12, Buenos Aires.)

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