martes, 9 de octubre de 2012

Moreira: "aviso de muerte bifurcado"

La ejecución de José Eduardo Moreira no sólo es un mensaje al presidente electo, Enrique Peña Nieto, por parte del crimen organizado, para demostrar poderío absoluto y control territorial. Implica una despedida al gobierno que se va y un desafío al que llega: podemos matar a quien sea y en donde sea. El narco es transexenal.
Nada es casualidad: cuando el hijo del ex gobernador de Coahuila y ex líder nacional del PRI era asesinado, Peña Nieto estaba en Los Pinos con Felipe Calderón hablando de seguridad nacional. Fue un aviso de muerte bifurcado.
Independientemente de las razones de la ejecución de Moreira —nunca debe descartarse, empero, un motivo personal o pasional—, hay varios escenarios a considerar:
1) Si bien Moreira es un político caído en desgracia, desprestigiado y apestado hasta para el PRI, fue él quien, en su liderazgo partidista, destapó a Peña Nieto como candidato presidencial. Aunque se descartaba su posible inclusión en el gabinete, se contemplaba darle alguna dirección o cargo secundario donde no estuviera bajo los reflectores mediáticos. Es poco menos que estorbo.
2) Coahuila y Durango se han convertido en narcoestados con gobiernos priistas fallidos. La Comarca Lagunera es campo de batalla entre Los Zetas y el cártel de Sinaloa: en lo que va del año, se han registrado 600 ejecuciones. Dos diarias. “Los narcos se meten a las casas, matan gente, roban vehículos a plena luz del día, cuelgan a custodios en penales, cobran derecho de piso e incendian gasolineras”, escribió ayer la reportera Mónica Hernández, del diario 24 Horas. Es la herencia de muerte e impunidad de la familia Moreira, y de Ismael Hernández Deras, ex gobernador y hoy senador duranguense.
3) Ni Humberto ni Rubén Moreira —emblemas del priismo autoritario y nepotista— entendieron jamás que su apellido estaba ligado al agravio contra los coahuilenses. La soberbia los cegó. De manera irresponsable, nombraron a José Eduardo como coordinador de Programas Sociales del gobierno de Coahuila, exponiéndolo a la vida pública. Muchos lo asumieron como una burla de los Moreira que, equivocadamente, creyeron que sus abusos se iban a olvidar. El cacicazgo cobró un precio alto y doloroso.
4) Calderón recibe en Los Pinos a Peña Nieto. En los Archivos del poder del 25 de septiembre planteamos que el Presidente arrinconó a Peña al enviarle el mensaje, desde Washington, de que o continuaba la lucha frontal contra el narcotráfico o le cedía el poder a los criminales. Tras el asesinato de Moreira, ese escenario se fortalece: Peña no tiene de otra más que seguir la línea dura de la batalla antinarco, aun bajo otra estrategia. La otra es pactar con los criminales.
5) Llegan a Coahuila soldados, marinos y federales para detener a los asesinos de José Eduardo Moreira. La acción es un agravio para los miles de civiles asesinados por el crimen organizado. ¿Por qué no se actuó igual cuando mataron, por ejemplo, a Marisela Escobedo en Chihuahua hace 21 meses? Y a cientos más de mexicanos indefensos. Las armas, la justicia y las lágrimas son para los aliados políticos y los amigos, no para ciudadanos inermes.
Más allá del asesinato de Moreira —condenable, sin duda— veremos cuál será la reacción de Peña Nieto ante un narco mexicano empoderado, desafiante y omnipresente.


Calderón ya se va. El paquete es para Peña.


(Editorial de Martín Moreno tomado del sitio Replicante.)

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