martes, 30 de octubre de 2012

Felisberto Hernández (1902/1964 )

Cuando murió Felisberto, en 1964, se evocaba el tamaño de su ataúd que no pasaba por la puerta. El “burlón poeta de la materia” del título de Ángel Rama era un señor apenas sesentón pero ya veterano para la época, gran comedor de papas fritas en platos enormes. “Felisbertote”, lo llamaba Paulina Medeiros en sus cartas de amor, atravesadas todas ellas por el erotismo y la infantilización. Es que el niño que quería “hacerle abedules al brazo de la maestra” no sólo no perdió esa condición asociativa y juguetona con el lenguaje, sino que la convirtió en el centro de su discurso literario. Ese narrador-niño también quería levantarle las polleras a las sillas, atisbar sus cuerpos y “entrar en relación íntima con todo lo que había en la sala”, “dispuesto a violar algún secreto”. El mayor encuentro entre la erotización infantil de la mirada y los objetos construidos está en Las Hortensias, donde el narrador se atreve a todo a partir de la teatralización de la serie de muñecas que son elaboradas para él y para su mujer, en un juego a lo Buñuel, a lo García Berlanga, en donde el individuo es derrotado por la realidad ficticia que él mismo creó.
Esa doble perspectiva: la realidad sensorializada hasta el extremo y la libertad asociativa y no culposa propia de un niño, constituyen el toque Felisberto, parte de lo que Italo Calvino consideraba una novedad sin antecedentes. No hay relato suyo, ni mínimo ni relativamente extenso, que no esté comandado por una perspectiva sensorial. El cuento “Nadie encendía las lámparas” es una muestra impecable de relato donde no pasa nada, todo hecho de climas, de cercanías mentales y de un abrupto final en el que queda suspendida la tenue acción de una tertulia y la imagen de una mujer de cabellos esparcidos cierra lo que para otros narradores realistas debería ser un comienzo: “Pero no me dijo nada: recostó la cabeza en la pared del zaguán y me tomó la manga del saco.” Zaguán, luz mortecina porque nadie encendía las lámparas, mujer recostada, silencio, leve contacto de aproximación: esto suena a tango, pero también a Robbe-Grillet, a Antonioni y a ensueño proustiano. Por esos años, Onetti había publicado La vida breve y Armonía Somers La mujer desnuda. Rastrear las cercanías y distancias entre los tres sería un buen ejercicio de comprensión comparada.
 
En la historia de la división del trabajo de escritura entre mujeres y hombres uruguayos, el cuerpo explícito pocas veces ha sido abordado por el varón, salvo en la limitante de la literatura pornográfica o en la que está en su borde. En nuestra literatura canónica, el cuerpo masculino hizo su aparición después de la dictadura cívico-militar, cuando un amplio registro testimonial se ocupó de él a partir de la tortura.
Nada más alejado de Felisberto que esta realidad posterior a su vida y a sus tierras de la memoria, llenas de quintas en el Prado, con mujeres decimonónicas y tranvías y tiempos quietos. Él se ocupó de reflexionar sobre las travesuras o las oscuras psicopatologías de su cuerpo en Diario del sinvergüenza, buscando entender la hendidura entre su yo, por un lado, y su cuerpo y su cabeza por otro, como lo declara al comienzo de ese texto.
 
¿Por qué encanta tanto Felisberto? Niño eterno, amante y amador de mujeres, pelele de la realidad física, curioso impertinente, humorista por el solo hecho de mirar al sesgo y hacer asociaciones inesperadas poniendo el acento en un detalle que se vuelve central, Felisberto parece estar al margen de la temporalidad precisamente por internarse en la memoria y en el pasado como tierra de refundación. ¿Quién puede resistirse a la sorpresa de su mirada, al juego de sus analogías? A la difusión amplia de su mundo literario fuera de las fronteras del Plata se le ha sumado un ingrediente nuevo y extraliterario, un “caso” que no está alejado de su personalidad sino que es casi detonado por ella.
Su tercer matrimonio de sólo dos años con la española María Luisa de las Heras, después de un breve encuentro en el París de la postguerra, ha cobrado en estas décadas una relevancia sorprendente. Narradores rioplatenses han novelado o autenticado con su investigación la noticia dada a finales de los ochenta por Cambio 16 de España: María Luisa era en realidad África de las Heras, espía española de la KGB, frustrada ejecutora de Trotsky reclutada por la madre de Ramón Mercader, heroína de la URSS y matrimoniada con Felisberto para poder introducirse como agente encubierta en un Montevideo apacible al casarse con un notorio anticomunista. Felisberto fue elegido por África y la inteligencia soviética justamente por todas las razones que hicieron de él un narrador singular, al tiempo que un hombre débil y usable. Sabemos poco y nada de esos dos años de matrimonio. A María Luisa le dedicó Las Hortensias. Sabemos más de ella a pesar de no saber nada. Vivió en Montevideo hasta 1967, como quien dice hasta ayer. Hay amigos que la recuerdan como la modista española, servicial, sencilla y humana, que después de divorciarse de aquel escritor especial siguió viviendo sin trazas de él en su vida y sin otras opiniones políticas que las de su antifranquismo. Una “gallega” más en una ciudad acogedora de inmigrantes. Un operativo perfecto de la época.
El fisgoneo literario de Felisberto y su imaginación violatoria de secretos de estatuas, sillas, muñecas, escalinatas, mantiene un juego especular con la espía que, en cierto modo, lo violó a él. Otro operativo, inconsciente, cuya perfección tal vez no se pueda desentrañar.
 
 
(Si te atienes a la leyenda sobre el quehacer de Juan Rulfo como vendedor de llantas de un pueblo a otro, del que él mismo dejó testimonio en su obra fotográfica, encontrarás un paralelismo con los personajes de algunos cuentos de Felisberto de forasteros alojados en casas de huéspedes en que, en noche de luna llena, se transforman en hombres-lobo o en oscuros murciélagos. Nota de Alicia Migdal, "Felisberto y el cuerpo como novedad", clonada del sitio "Lajornadasemanal.")

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