lunes, 22 de octubre de 2012

Cómo robar un Rothko

Son obras muy documentadas y para los ladrones no será posible venderlas, dijo el director del Museo Kunsthal de Rotterdam inmediatamente después del robo de siete pinturas –grandes obras de Picasso, Monet, Matisse, Gauguin, Lucian Freud– de valor incalculable. Para qué ponerles valor si están fuera del mercado. Lo estaban antes, por pertenecer al museo. Y lo están ahora mucho más: se han convertido en papas calientes que nadie quiere llevarse a la boca. Que se entienda: no digo que no haya razones para que alguien robe obras maestras de arte. Debe haberlas, y bastante buenas, ya que el robo de arte es bastante común. Digo que no puedo imaginar cuáles son. La idea de que alguien de muchísimo dinero le encargue el robo a una banda para luego recibir el botín y no tener más remedio que esconderlo parece disparatada. Nadie tiene buen arte para esconderlo. No existen los coleccionistas secretos. Leí por ahí que, en realidad, no se trata de robos sino de secuestros de arte. Secuestran las obras para luego pedir rescate por ellas a las compañías de seguro. Tampoco me parece una teoría sensata. ¿Cómo se devuelve una obra de esas características? ¿Cómo sabe quien la recibe de regreso, que no está recibiendo una copia? ¿Tiene que ir al rescate con académicos y expertos para certificar que es el original? Los secuestradores, es decir, esa banda organizada de ladrones profesionales, ¿saben cómo tratar las pinturas mientras negocian el rescate? ¿Conviven en ellos el saber del mafioso y el del amante de arte? El que paga el rescate, ¿confía en que recibirá una obra bien tratada durante el cautiverio? Si yo fuera ladrón, creo que evitaría el arte, que es un lío. Optaría por bienes fácilmente negociables. Por ejemplo, dinero. Que sirve para adquirir todo el arte que uno quiera de manera honesta. De todas las que leí estos días, me quedo con la conclusión de Edward Dolnick en el diario inglés The Guardian: los ladrones se equivocan. Robar arte no es un buen negocio. Tienen los cuadros. ¿Y ahora?


(¿Qué tiene más valor: destruir una obra como lo hizo recientemente un graffitero, o sustraer clandestinamente siete piezas invaluables de un museo de Amsterdam? En México han circulado y circulan obras "piratas" de Khalo, Rivera, Tamayo y Ruelas, entre muchos otros, cuyos clientes son a menudo los hombres dedicados a la política, es decir, los parásitos del Estado. Nunca se había hecho tanto escándalo por la "piratería" de arte hasta que el infortunado Sealtiel Alatriste cayó en las garras de Guillermo Sheridan -escritor- y Gabriel Zaid -columnista del medio intelectual-; al poco tiempo empezó la tolvanera contra Alfredo Bryce Echenique, distinguido con el Premio FIL de Guadalajara. Es innegable: seguimos en una aldea homóloga a Comala. Nota de Eduardo Villar en "revista eñe", Clarín, Buenos Aires.)

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