domingo, 16 de septiembre de 2012

Ya viene la primavera

Anduvo por Buenos Aires un gurú para cambiar la onda en Buenos Aires y enseñarnos que lo importante es respirar, y logró reunir a más de 100 mil personas en una meditación colectiva. Hace un par de años vi El secreto, una película que, basada en algunos conceptos de la física cuántica, intenta demostrar que gracias a la meditación todo se ordena en nuestro interior y a nuestro alrededor. Nada nuevo para mí, que había hecho varios cursos de meditación y reiki. Incluso mi papá, un hombre agnóstico, me sorprendió hace varios años con unos ejercicios de respiración que había aprendido por televisión de la maestra yogui Indra Devi: inspirar en cuatro tiempos y exhalar en ocho. A pesar de que con los años me fui volviendo un escéptico, siento que hacer ejercicios de respiración me calma y me sana. De hecho es lo que estoy haciendo ahora para reponerme de un fin de semana donde se encadenó una sucesión de eventos desafortunados que no lograron sacarme de mi eje.
El viernes, después de publicar que mi Amigo Uruguayo venía a Buenos Aires el domingo para que nos conociéramos, me escribió para decirme que venía el lunes con el tiempo justo para ir al hospital y visitar a sus tíos. A la tarde llamé a la farmacia para preguntar si habían llegado mis medicamentos para el mes y estaba solamente el Truvada, el Efavirenz no, y me quedan solamente dos pastillas de cada uno. A la noche tenía una cita con una amiga que me dejó plantado. Hacía tiempo que ella me decía “encontrémonos, usted proponga” y la mejor idea que se me ocurrió fue una fiesta donde tocaba uno de mis popstars argentinos favoritos. Mi amiga zafó, pensé después de ver el show, que esta vez fue corto, desafinado y sin onda. Gasté plata en tragos y volví tambaleante, colgada al cuello una corbatita roja con un bolsillito desde donde se reía de mí una cajita de forros con tachas (que no me gustan porque son como un rallador para el culo), gentileza de una marca de preservativos que sponsoreaba la fiesta.
El sábado vino a cenar a casa un amigo con quien solemos darnos panzadas de televisión. “¿Prendemos la tele?” “¡Claro!” Gran sorpresa nos llevamos al ver que el cable no funcionaba (y todavía no funciona “porque el decodificador bla bla bla...”, me dijo el técnico que me atendió por teléfono recién el lunes y que no pudo solucionar nada. “Llame en 72 horas”). Por suerte Internet sí funcionaba y nos pusimos a mirar una película, hasta que escuchamos caer una gotita en algún lugar de la cocina. La gotita caía desde el techo adentro de la alacena: galletitas, arroz, fideos, harina, todo arruinado por el agua.
¿Cómo es que los efectos armonizadores de esta gran meditación colectiva no nos alcanzaron a todos? ¿Algo falló o El secreto miente? Me sereno e inhalo: uno, dos, tres, cuatro; exhalo: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, mientras a través del balcón veo a dos hermosos cartoneros con el torso desnudo, subidos a una gran montaña de cartones. Se acerca la primavera.


(nota de Pablo Pérez tomada del suplemento "soy", Una nueva era comienza, en el sitio de Clarín, Buenos Aires.)

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