martes, 25 de septiembre de 2012

Monte Ávila, años dorados

La estadía en Buenos Aires del poeta venezolano Juan Liscano y su vinculación con la revista Sur y con Pepe Bianco, la participación de Héctor Murena en la colección de Estudios Alemanes y la dirección editorial de Héctor Libertella (quien ganó en 1971 el premio Monte Avila de novela con Aventuras de los misticistas ), así como el tiempo en que Libertella tuvo a su cargo la sucursal de la editorial venezolana en Buenos Aires, contribuyó con la presencia de colaboradores y traductores argentinos en el catálogo de la editorial venezolana. Estamos hablando de la época de oro de un sello cuyos libros circularon sobre todo en las décadas de 1970 y 1980, y que luego abandonaron las redes de distribución regular para pronto (demasiado pronto) iniciar ese circuito de culto que es el de la fotocopia y el encuadernado.
Fundada en 1968 por Simón Alberto Consalvi y Benito Milla, este último destacado editor español republicano proveniente de Uruguay, Monte Avila consiguió muy pronto hacerse de un envidiable catálogo gracias al buen olfato de sus fundadores y al apoyo financiero producto del boom petrolero de la segunda mitad del siglo XX. Mientras España transitaba la última etapa del fascismo franquista y muchos de los países sudamericanos entraban uno a uno en la oscura noche de las dictaduras, Venezuela disfrutaba en cambio de los primeros años de un largo período democrático que tenía por delante. En este contexto que la editorial nació, se desarrolló y reclutó un brillante equipo de colaboradores, compró derechos, editó y puso en circulación algunos de los más importantes libros de filosofía y literatura cuyas traducciones eran contratadas directamente por la editorial. Pensadores de la segunda mitad del siglo veinte como Louis Althusser, Leszek Kolakowski, Maurice Blanchot, Tzvetan Todorov, o Guy Debord, poetas como Rimbaud, Eliot, o numerosos trabajos de ciencias sociales y psicoanálisis... La lista es enorme. Hagamos un breve recorrido por el aporte de los traductores argentinos en el catálogo donde nos encontraremos con algunos casos previsibles y también interesantes sorpresas.
Héctor Murena, quien fuera codirector de la colección de Estudios Alemanes del sello, llevó a cabo una encomiable labor de divulgación del pensamiento germano. Como se sabe, Murena fue el primer traductor al español de la obra de Walter Benjamin al llevar a nuestro idioma un conjunto de ensayos extraídos del volumen Schriften (1955), que publicó bajo el título Ensayos escogidos en 1967 por la editorial de la revista Sur . Tres de estos ensayos integrarían el famoso volumen Sobre el programa de la filosofía futura y otros ensayos , publicado por Monte Avila en 1970, que contó con una enorme difusión regional. Pero además de Benjamin, Murena también realizó trabajos de traducción de la obra de Jürgen Habermas, Max Horkheimer y Herbert Marcuse. Dos libros de Theodor W. Adorno: Intervenciones. Nueve modelos de crítica (1969) y su biografía del filósofo danés, Kierkegaard (1971), fueron traducidos por el abogado e investigador porteño Roberto J. Vernengo. Y un tercero, Sobre la metacrítica de la teoría del conocimiento. Estudios sobre Husserl y las antinomias fenomenológicas (1970), por el músico germano argentino León Mames. El filósofo marxista (y sobre todo antisoviético) de origen polaco, Leszek Kolakowski, tuvo un lugar destacado en el catálogo de Monte Avila con Tratado sobre la mortalidad de la razón (1972), traducido por el teólogo y militante de izquierda Miguel Masciliano, y Las claves del cielo (1969), del que se encargaría ese otro integrante de la revista Sur , Norberto Silvetti Paz, quien además tradujo del alemán El futuro de nuestra sociedad (1969), un conjunto de ensayos que compiló el editor Georg Böse con textos de diversas personalidades del mundo intelectual de la posguerra.
Mención especial merece el filósofo, historiador y anarquista rosarino Angel Cappelletti, quien viviera en Venezuela entre 1968 y 1994, y cuyos trabajos de investigación en filosofía antigua y después sus ensayos sobre anarquismo son referencias académicas ineludibles. De toda su larga contribución a los estudios antiguos destaco su traducción de la Poética de Aristóteles publicada por el sello venezolano, sin duda una de las versiones más difundidas en nuestra lengua.
En materia literaria la contribución es muy enriquecedora. El poeta Alberto Girri publica Cosmopolitismo y disensión, Antología de la poesía norteamericana actual en 1969, cuya edición y traducción están a su cargo. Por su parte Raúl Gustavo Aguirre tradujo Una temporada en el infierno , Las iluminaciones y Carta del vidente de Rimbaud, y otro gran poeta, el santafecino Hugo Gola, versionó esa pequeña joya de Gastón Bachelard, La llama de una vela . Santiago Kovadloff traduce la Oda marítima de Fernando Pessoa (¿o de Alvaro de Campos?), y Enrique Pezzoni se encargó nada más y nada menos que de El bosque de la noche y Una noche entre los caballos de Djuna Barnes, y además firma la traducción de ese best seller académico llamado Teoría del símbolo de Tzvetan Todorov. A vez, Attilio Dabini, quien fuera, junto con Pezzoni, gran impulsor de la literatura italiana en la Argentina, traduce Una vida violenta , de Pier Paolo Pasolini. El mismo Héctor Libertella se encarga de Villa triste , de Patrick Modiano (1976), y Yukio Mishima será por primera vez traducido al español con Muerte en el estío y otros cuentos (1969), gracias a Magdalena Ruiz Guiñazú. La lista incluye a Enrique Luis Revol encargado de la traducción de La muerte de la tragedia (1970), de George Steiner, y otros nombres como Patricio y Estela Canto u Horacio Armani colaboraron también para la editorial venezolana. La traducción de los libros de Maurice Blanchot, tanto La escritura del desastre como El libro por venir , la firma un misterioso Pierre de Place. Ignoro si además de Enrique Tejedor, Pezzoni habrá cultivado alguna otra identidad oblicua.
Como vemos es rica la contribución de los argentinos en un sello que marcó un hito en la historia del libro en Latinoamérica. Lamentablemente, muchos de estos textos hoy son inhallables o fueron vendidos sus derechos (como es el caso de Djuna Barnes) o se han agotado y descatalogado y ahora pululan en ese circuito fantasma que es la fotocopia, o bien acumulan polvo en los anaqueles de las librerías de viejo, o sus tapas han sido escaneadas para ser vendidos a precios estelares en mercadolibre.com.
Seguro he dejado de lado, por olvido más que omisión, a otros traductores y otros libros, pero sirvan estas líneas arrancadas a la historia reciente (aunque parezca remota) para dar cuenta de una época de oro en la que una flamante editorial pública venezolana trabajó codo a codo con una talentosa generación de traductores argentinos.


(Si tienes de qué presumir es de tu ejemplar de "Sade, Fourier, Loyola", de Roland Barthes, en Monte Ávila, que ahora no hallas en el tiradero que es tu biblioteca en estos días. Nota de Gustavo Valle en el sitio "revista ñ", Clarín, Buenoas Aires.)

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