martes, 11 de septiembre de 2012

Karen Blixen (1885/1962 )

Cuando se cumplen 50 años de su desaparición, tenemos la impresión de que su escritura procedía de una época mucho más lejana, del tiempo de las mil y una noches, narradora deslumbrante, alambicada y misteriosa, Karen Blixen (Rungsted , Dinamarca, 1885-1962) pensaba que el arte de escuchar historias se había perdido en Europa. La tradición oral atraía a Dinesen no sólo por la facilidad de los africanos sin alfabetizar para quedar prendidos en sus historias :“una vez un hombre caminaba por las praderas y se encontró con otro hombre”, así podía empezar cualquier relato; ni por el placer de inventar cuentos para Denys Finch-Hatton, al pie de las colinas de Ngong; había en ella un deseo de regresar a la memoria de su infancia, a las grotescas y hechiceras narraciones de la vieja Europa contadas a la luz de la lumbre.

Parece casi imposible que Dinesen diera a la imprenta sus extravagantes Siete cuentos góticos en 1934, el mismo año en que Henry Miller publicó el escandaloso Trópico de cáncer, Scott Fitzgerald lanzaba Suave es la noche, con las torturadas máscaras de sus millonarios excesivos, y Jean Cocteau estrenaba en París La máquina infernal. No deja de ser sorprendente que la audacia de esta primera obra de Dinesen fuera la atracción por el pasado y el desinterés total por la realidad, la psicología moderna y las corrientes literarias de su tiempo. Porque, realmente, ¿cuál era el tiempo de Karen Blixen/Isak Dinesen?

Había nacido en 1885, en la propiedad familiar de Rungstedlund, al norte de Copenhague, en la costa de Oresund. En su genética se mezclaban los grandes terratenientes y militares de de la rama Dinesen con los altivos políticos Westenholz, el abuelo materno de Karen fue ministro de finanzas y Consejero de Estado. Y más lejanamente, la familia paterna de la escritora entroncaba con los aristocráticos Krag-Juel-Wind-Frijs, con uno de cuyos descendientes y primo suyo, el barón Bror von Blixen-Finecke, se casaría Karen. Desde niña traducía a Walter Scott y a Racine y más tarde quiso ser pintora, pero el grain de folie que emparentó a la danesa para siempre con la literatura le llegaba sin duda de su padre, Wilhelm Dinesen, primo del conde y Primer Ministro Christian Emil Krag-Wind-Frijs, fue un militar aventurero y escritor que participó en la guerra franco-prusiana como capitán francés, más tarde fue tratante de pieles en Norteamérica, donde convivió con los indios, escribió París bajo la comuna, Miska, una historia de la jungla, sobre sus aventuras en Wisconsin, y varias colecciones de Cartas de un cazador, bajo el seudónimo de Boganis. De nuevo en Dinamarca fue miembro del parlamento, llevó más o menos la vida de los terratenientes de su clase, pero terminó sus días colgándose en una pensión de Copenhague para evitar a la familia la vergüenza de una sífilis incurable.

Como era de esperar, ese quiebro del destino y la irrupción de la fatalidad estarán presentes en lo más intrincado de los cuentos de Karen Blixen: el derrumbamiento del mundo aristocrático, las amenazas de los linajes confundidos, los absurdos de las sociedades jerárquicas, en suma, lo engañoso de aquella superficie perfecta en la que se educó Dinesen, siempre a punto de quebrarse para mostrar otros hechos más desconcertantes. Quienes han acusado a Dinesen de decadente e incluso de reaccionaria se han perdido los bosques de ironía, fantasía y juego perverso que crecen entre sus líneas, como en el relato “El mono”, donde se escamotean partes de la realidad, sin que dejemos de imaginar la peligrosa complicidad entre el primate y la venerable Priora de Closter Seven.

Se ha puesto a menudo de relieve que la baronesa quiso escribir como si desembarcase en la literatura con un siglo y medio de retraso. El éxito en Norteamérica de los cuentos góticos fue súbito e inesperado, aunque, anteriormente, el manuscrito había sido rechazado por Faber &Faber y por la filial inglesa de los editores Putnam. La baronesa Blixen había buscado un pseudónimo masculino, Isak, ante el temor de ser poco valorada por ser mujer. El anacronismo estético de sus ficciones góticas debió de confundir y descolocar al prestigioso editor Constant Huntington de la delegación de Putnam en Londres, quien rechazó el manuscrito, pese a considerarlo una genialidad escapada de otra época.

Con el apoyo de la activista y escritora norteamericana Dorothy Canfield, los cuentos de Isak Dinesen fueron publicados por Harrison Smith y Robert Haas (más tarde Randon House) en Estados Unidos, e inmediatamente se vendieron los derechos para Inglaterra. Su éxito anglosajón contrastó con las críticas que recibiría en Dinamarca, acusándola de decadentismo, aunque es muy probable que en su propio país no le perdonasen que hubiera preferido ser una escritora en lengua inglesa. Más tarde fue absuelta de todo, y a medida que su prestigio fue creciendo internacionalmente, los daneses no dudaron en considerarla entre los grandes de la literatura del siglo XX. Fue fundadora y miembro de la Academia Danesa y su propiedad de Rungstedlund ha convertido a Dinamarca en centro de peregrinación literaria.

El cine se ha encargado de inmortalizar la historia de la pionera colonial que nos legó su amor por Kenia. La aventura de una baronesa atípica dispuesta a sacar adelante una plantación de café, después de un divorcio y arrastrando la misma enfermedad que tuvo su padre, impresionó al mundo desde las pantallas, siempre necesitado de grandes historias de amor. La relación de Karen con Denys Finch-Hatton, hijo del conde de Winchelsea y Nottingham, alumno de Eton, terrateniente colonial, aventurero cultivado, piloto y guía de safaris para ingleses adinerados, constituye un material de primera para la imaginación romántica contemporánea. Sin embargo, en Lejos de África, Karen Blixen no contará una acaramelada historia sentimental. Más bien realiza una evocación nostálgica de un mundo que pudo ser y que tuvo que ser abandonado. El fracaso económico de su empresa colonial, y la terrible muerte de Finch-Hatton, no impidieron que las historias vividas al pie de las colinas del Ngong fueran rememoradas como hermosas piezas literarias, un aliento en forma de narraciones encadenadas, capaces de hacer olvidar las dificultades de los años africanos de la escritora.

Pero, tanto en los cuentos, como en las memorias, la escritura de Dinesen está viva y su pensamiento es original y osado. Su genio literario nos acerca a una mujer que vivió buscando lo extraordinario, y lo encontraba en la naturaleza o en los seres más sencillos. Existía para narrar y narraba para existir. Su vida fue estimulante, novelesca e inspiradora; Karen Blixen fue cuentista y fabuladora en todas sus manifestaciones, sin preocuparse demasiado por los límites entre ficción y realidad.



(nota de Lourdes Ventura, reproducida de El Cultural en línea.)

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