jueves, 13 de septiembre de 2012

Héctor Carreto (1953 )

Viena a la mexicana
 

 El grupo de turistas exigió al guía
cambiar el tour de esa mañana.
Insistía en visitar el penacho de Moctezuma.

 En un break, me zafé del redil
y un tranvía doble me arrojó
a las puertas de la Catedral de San Esteban.
Por azar, descubrí el altar de la Virgen de Guadalupe.
Me persigné y le agradecí
que conversáramos en cristiano.
Le hablé de la ruptura de los Beatles.
Quizá por eso su gesto estaba taciturno.
Con voz quebradiza me confesó:
“Me siento muy sola.”
Esquivé sus ojos de vidrio
y salí antes de que empezara el llanto patriotero.

 Al día siguiente nos fuimos de Austria.
En el vuelo los paisanos cantaron “Cielito lindo”
mientras yo me preguntaba
por qué Guadalupe seguía viviendo en Viena.
 
 

Campeche
 
El mar es un espejo quieto, liso.
Si no hay oleaje,
¿cómo arribaron los corsarios
a los muros de Campeche?
Bajo la noche iluminada del muelle
me acerco a la orilla
y me estrello con el silencio
del más alto muro negro.
¿Estoy en la frontera de Campeche
y el fin del universo?
Tal vez Dios, el gran muralista,
debería poblar con luna, astros,
lanchas, mar, peces,
ese vacío de vértigo.
 
 
(textos inéditos y de pronta aparición, cedidos por el autor para "misalivatodolocura". Pertenecen al poemario Clase turista.)

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