martes, 20 de diciembre de 2011

"Saña contra las egipcias"

No sé qué me indigna más si el cuerpo semidesnudo de la mujer con la piel blanca expuesta a la mirada de los que la golpean, la pierna alzada del militar que un instante después pisotea el pecho inerme de la muchacha o la sonrisa de los que tiran del lienzo hasta mostrar un sostén azul, vivo, y luego la golpean y la arrastran. Egipto vive estos días un nuevo brote de violencia. Los jóvenes que hicieron la revolución no quieren que los militares gobiernen. La respuesta de la Junta Militar se puede observar en esta imagen tomada por un fotógrafo de la agencia Reuters.

La violencia es igual para todos y en todas partes. Huele a podrido y a sangre y a injusticia y dolor. A veces a ausencias irremplazables. Pero hay una clase de violencia que a veces se ensaña con la mujer y que no es menos deleznable que la otra, pero degrada un poco más al que la inflige.
El sábado pasado una musulmana cubierta con velo islámico acudió a protestar contra el Gobierno militar que está al frente del país desde que Hosni Mubarak renunció el pasado mes de febrero. Tal vez había estado antes en la sentada que los soldados desmantelaron en la calle del Parlamento. Quizá había pasado el tiempo en las tiendas que ese mismo día arrasaron y quemaron los militares. Quién sabe si esa mañana al despertar en su casa por primera vez pensó que debía aportar su granito de arena. Su rostro inmaculado, antes oculto tras el velo y ahora expuesto a la fuerza bruta sigue siendo anónimo. No importa si su pelo es claro, liso o rizado pues para los ojos que miran es el semblante de la brutalidad, el de todas las mujeres a las que, además de molerlas a palos como a cualquier otro manifestante se las violenta con la bajeza del asalto sexual. La imaginación del agresor no conoce límites en estos casos.
En un vídeo que ha corrido por las redes sociales como la pólvora se ve la secuencia completa. Algunos hombres tratan de ayudar a la mujer a huir de sus perseguidores, uno desiste para salvarse mientras otro se queda y termina recibiendo el mismo trato. El mismo, salvo porque los soldados no le arrancan la ropa hasta dejarle desnudo ante el mundo. Ya digo, no piensen que considero que el varón sale mejor parado (le honra jugarse el pellejo quién sabe si por una desconocida), es sólo que la vileza de esa forma de humillación que se dedica a las féminas en las manifestaciones se ha convertido en costumbre. No me gusta la violencia fortuita, ni la que no lo es. Si algo es indudable en las reglas escritas y no escritas de los militares es que los mandos mandan y los soldados obedecen. No importa a quién se culpe después. Los soldados que disfrutan moliendo a palos y desnudando a esta egipcia lo hacen porque alguien les ha ordenado hacerlo. Pero no nos engañemos, ese hecho no les exime de la culpa de verles disfrutar haciéndolo, en manada, como una jauría. Ni el hecho de que uno de ellos intente cubrirla un poco al final y haga señales a los manifestantes para que no lancen piedras y vayan a recogerla.
Las egipcias convocaron ayer una reunión en el jardín de Tahrir para después dirigirse juntas a la primera línea en protesta por lo que consideran "acoso". En las últimas protestas se han repetido los actos de violencia sexual dirigidos a mujeres. No es nuevo. Los policías se encuentran entre los principales hostigadores en las calles de Egipto. Verbal, principalmente, pero ahora también físicamente. El Ejército tampoco se ha quedado atrás.
Los militares egipcios tienen práctica en estas lides. No se había cumplido un mes de la renuncia del dictador egipcio cuando el 9 de marzo pasado 18 mujeres eran detenidas en la plaza de Tahrir y sometidas a palizas, latigazos, electrocuciones y pruebas de virginidad. Salwa Hoseiny, una muchacha hermosa de veinte años con la mirada huidiza y profundamente oscura fue una de ellas. Después de escribir su historia nos hemos visto varias veces y siempre acaba recordando lo ocurrido entre lágrimas. Una doctora del Centro Nadeem para la tortura me decía hace un mes que es una buena señal que Salwa hable de ello.
Más recientemente, durante los enfrentamientos que hace tres semanas dejaron más de 40 muertos y 1.000 heridos en El Cairo, Mona elTahawy, una bloguera y periodista egipcia era retenida por las fuerzas de Seguridad del Estado y agredida sexualmente. Así lo explicaba en su Twitter poco después de ser liberada


"12 horas con los bastardos del Ministerio del Interior y la Inteligencia militar juntos. Dificilmente puedo teclear, debo ir a rayos X después de que los cerdos de la Seguridad del Estado me golpearan".


"Me rodearon 5 ó 6, me tocaron y pellizcaron los pechos y me agarraron los genitales. Perdí la cuenta de cuantas manos intentaron meterse en mis pantalones"

Sin palabras.


(La poderosa pluma de Nuria Tesón hace un análisis de la violencia terca e incisiva contra las mujeres en cualquier sociedad y momento histórico, su exégesis de este fenómeno que va más allá de lo social bien podría aplicarse contra las llamadas en todo el mundo "las muertas de Juárez (Chihuahua)", violencia que se ha extendido como metástasis a otros puntos -negros- de México, como la indiscriminada violencia de Felipe Calderón Hinojosa y su estúpida cruzada católica contra el crimen organizado, sólo aplaudida por EEUU. Análisis tomado del blog `mujeres`de El País.)

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