sábado, 24 de diciembre de 2011

Sábato, perpetuo atormentado

Con el testimonio de las cinco cartas que me escribiera Ernesto Sábato se presentaba como un escritor tierno, desvalido, con unas ganas inmensas de que lo quisieran y admirasen. Ya en la primera de ellas empezaba descubriéndose enfermo. “Últimamente no respondo reportajes, porque ando mal del sistema nervioso. Pero la carta me ha gustado mucho y espero esta vez hacer una excepción, en cuanto pase un poco de tiempo y mi estado mejore”.
Luego, a tenor por la entrevista que le mandé de Severo Sarduy, como prueba de por dónde iban mis inclinaciones preguntadoras, añadía: “Claro que mis respuestas no tendrán la gracia de las de Severo”.
La segunda carta suya llegó meses después: “Cada vez que en mi cajón de cosas a responder encuentro su cuestionario me avergüenzo. ¿Hay todavía tiempo de responderlo?”.
En la tercera carta se sentía más expansivo y comunicativo: “Su carta me ha conmovido por su generosidad, por no haberse sentido agraviado por no haber respondido antes a sus preguntas, por su nobleza. Gracias, muchas gracias”.
“Es que mi vida se ha ido haciendo de más en más difícil, dolorosa, por la larga enfermedad de Matilde (lleva ya cuatro años) y por las calamidades de mi país, que parece hundirse en sus desdichas”.
“Sí, a pesar de todo –ando sufriendo del corazón, como consecuencia de las tensiones nerviosas de estos años duros para todos los argentinos–, a pesar de todo trataré esta vez de responderlas, en forma coloquial, para que no parezca ni sea un mero cuestionario. Sabe, José Luis, que no me considero un escritor profesional, que escribí para no morirme, así como ahora, en estos diez últimos años, desde que la vista me impide la lectura y la escritura, pinto, con intensidad, con la misma vehemencia con que escribí. No para vender –me ofrecen grandes sumas...– sino para sobrevivir. La única muestra que acepté fue en el homenaje que me hicieron en mayo en el centro Pompidou”...
La carta continuaba con otras consideraciones y me pedía que le mandara más preguntas. Cosa que hice a vuelta de correo.
Al poco tiempo llegaron sus respuestas. En cada una de ellas ofrecía su miga de pan para pájaros libres:
“Todo corazón tiene en germen lo que esconde el de un gran artista, pero éste tiene el don de desentrañar lo que está como dormido en el alma de los demás, de oír los rumores más dudosos y ambiguos del inconsciente, y de expresarlos en su música, en su pintura o en su poesía, de modo que esas oscuras verdades produzcan la resonancia en los espíritus que apenas las entrevén”...
“Un artista nunca es un afortunado sino un perpetuo atormentado. Empieza por ser un chiquillo tímido e introvertido, para el que la realidad es atroz, y termina siendo, si tiene éxito, en el ser más extrovertido del mundo, que se exhibe desnudo en la vitrina de una calle comercial ¿Y qué más horrible que eso?”.
El autor argentino publicó tres novelas, El túnel (1948), Sobre héroes y tumbas (1961) y Abaddón el exterminador (1974), además de numerosos ensayos, entre ellos Nunca más, el impresionante informe de la Comisión Nacional sobre la desaparición de personas (1985).
Ernesto Sábato era uno de esos escritores que obedecen a la oscura condena de testimoniar su drama, su perplejidad ante un universo angustioso.


(Nota de José Luis Merino, blog 'ladrones de fuego', El País.)

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