miércoles, 28 de diciembre de 2011

Julián Herbert (1971)

La presencia

                             I should been a pair of ragged clows
                          Scuttling across the floors of silent seas
                                                                          T. S. Eliot

¿Quién está cuando todo oscurece,
cuando se vacían las tazas de café?

Escucho pasos en el tejado vecino:
un hombre se gana la vida
trepando a martillear.

Mi abuelo era mecánico de Casa Redonda
   en 1960.
Siempre estaba borracho.
Subía tambaleando a los andamios: medio
   cuerpo colgaba
cubierto de aceite, medio cuerpo buscaba
   refugio
entre los engranes de la locomotora.
Nunca se vino abajo ni derribó
   sus herramientas.
Murió de cirrosis
sobre una cama estrecha
y fue mi madre quien desnudó su cadáver.

¿Dónde está la figura del abuelo Marcelino?
Mis recuerdos y los martillazos no logran
   dibujarla.

Cuando mi madre volvió a la calle
   de su infancia
no encontró casi nada:

ni el cadáver desnudo de su padre
ni la fachada de su casa
ni la tienda de abarrotes donde compraban
   leña y pan.
Sólo reconoció la calle
por una roca en la esquina
-una piedra que nuca sirvió para nada
pero que seguramente sigue ahí.

Abro la boca y busco
el dolor de mi madre en una de mis muelas.
Toco mis huesos como quien escoge un hato
   de leña.
¿Qué mano toma el martillo y golpea
   sobre el tejado?
¿Quién semeja una piedra?
¿Quién se mira al espejo?

Es la presencia:
ese gesto que los fotógrafos no entienden.


(texto tomado de El nombre de esta casa, ed. Conaculta- Instituto Municipal de Cultura de Saltillo, Coha., México, 2a. edición, 2002, Fondo Editorial Tierra Adentro/186.)

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