martes, 27 de diciembre de 2011

Cesária Évora (1941-2011)

Su semblante nos remite sin reparos a las escenas de sus canciones; la Polaroid emocional que Cesária Évora imprimió en su música, en cierta medida, expresaba su vida y obra. Endeble, quebradiza, melancólica en extremo, subía al escenario descalza y con un andar cansado por los años de miseria y un sufrido batallar. Tras un largo periodo de convalecencia, la caboverdiana Évora —la musa de la morna, el sabor crioulo y la fusión lusófona— falleció a los 70 años.
“Algún día tenía que despedirme”, dijo Évora hace tres meses en París cuando decidió retirarse de los escenarios. Su rostro mostraba ya una expresión desconsolada y sus ojos se hundían en una insondable melancolía. Las más cruentas crisis del alma y la mente habían dejado en ella una huella indeleble. Más que en sus canciones, en su cara podían leerse las nostalgias, el dolor de una humilde infancia, las dudas y los martirios. Évora no tenía empacho en hablar sobre sus tiempos de dolencia, era como un juglar que iba de pueblo en pueblo narrando con orgullo su pasado sombrío. Decía que empezó a cantar para espantar a la tristeza. Cuando tenía 16 años, lo hacía en bares de Mindelo, el puerto de la isla de San Vicente donde nació en 1941. A cambio de tragos de aguardiente o whisky, Évora ahogaba el dolor mientras cantaba al pie de las mesas de los clientes. Su vida tiene los tintes de una novela trágica: su familia vivía en la miseria, su padre Justiniano de la Cruz falleció cuando ella tenía 7 años, fue internada en un orfanato, ya que su madre no podía hacerse cargo de ella; se tiró al alcoholismo y se enamoró de Eduardo, un joven compositor y guitarrista que la llevó con él a cantar en barcos que atracaban en el puerto cuando Cabo Verde era —en 1975— colonia portuguesa.
Pero el rostro de Cesária también sabía reír, a veces con esporádico júbilo y otras del fatuo destino. Tuvo tantos esposos que —decía— hasta perdió la cuenta; aunque ninguno de manera oficial. Una mujer correosa, difícil de seducir e imposible de resbalar en las normas del matrimonio. “Tuve bastantes pretendientes, pero no pensaba en el matrimonio. Yo soy así. Estaba con uno y enseguida le echaba el ojo a otro. Puede ser que no deseara yo creer en los hombres, ellos solamente me divierten”, comentó a la periodista francesa Véronique Mortaigne para la biografía Cesária Évora, la voix du Cap-Vert (Actes Sud, Francia, 1997).
El padre de Eduardo, su primer hijo, se llamaba Benjamín, un mecánico en jefe de un barco donde ella trabajó como cantante. Luego, tuvo dos hijas con dos futbolistas, la primera murió al nacer; la segunda fue Fernanda. Tenía un sentido del humor agudo, le gustaba interrumpir sus conciertos para fumar tabaco o empinar un trago de coñac a salud de la audiencia.
Tenía 45 años cuando los europeos la descubrieron. En 1988 grabó en París el disco La diva aux pieds nus, al que siguieron producciones maravillosas como Miss perfumado (1992) o Cesária (1995). Évora obtuvo un reconocimiento Grammy, fue distinguida con la insignia de Caballero de la Orden de la Legión de Honor de Francia y grabó 14 álbumes. Su gurú musical en este viaje fue José da Silva, un ferroviario que se convirtió en su representante y productor. “La recuerdo ahí, cantando como los ángeles. Cuando la escuché por primera vez me desbordé hasta las lágrimas”, dijo Da Silva, su fiel compañero hasta el último momento de su vida, a la revista Times.
En mayo de 2010, la cantante fue operada a corazón abierto —anteriormente había sufrido episodios cerebro vasculares en Australia y Portugal. Diabética, Cesária Évora dejó de consumir alcohol, pero no abandonó su afición a las papas fritas, lo que alteró sus niveles de colesterol y presión arterial. Falleció el 17 de diciembre en el hospital Baptista de Sousa a causa de insuficiencia cardiorrespiratoria aguda y tensión cardiaca elevada.
¿Qué terrenos pisarán ahora los pies desnudos de la diva? ¿Cómo susurrarán los muertos esas melancólicas mornas que cantaba tan conmovedoramente? Quizá, al momento de partir, lo último que escuchó fue una canción de B. Leza, como una canción de cuna para el sueño eterno. Ese fue el último suspiro de la mujer que conmovía a muchos pero movía a unos cuantos a hacer la diferencia social; la dama que denunció la pobreza de su país, el racismo y la marginación; la voz que enternecía con canciones como “Sodade” y que hizo de la saudade portuguesa su bandera. La voz que cubre los cielos de Monte Cara y la bahía de Mindelo y que reconforta la esperanza entera de un pueblo, la diva que, al cerrar los ojos, surge luminosa porque, como diría el poeta Oliverio Girondo, “basta que alguien te piense para ser un recuerdo”.


(nota de Juan Carlos Villanueva tomada de Laberinto, suplemento de Milenio.)

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