miércoles, 19 de enero de 2011

LA NALGADA

John Updike creó el mito del hombre que sale a comprar tabaco y nunca regresa. Podría parecer que ese tópico existe desde siempre -o al menos desde que el ser humano inventó los cigarrillos-, pero lo cierto es que la primera ocasión en que los lectores tuvimos noticia de una historia de ese tipo fue con “Corre, Conejo” (1960), primera novela de la tetralogía que habría de convertir a Updike en un referente internacional, en un clásico de la literatura contemporánea, en uno de los grandes de la narrativa norteamericana.

Hay gente que dice que eso de “salir a comprar tabaco y no regresar” ya existía antes de John Updike, y que en verdad el escritor nacido en Reading -¿se puede nacer en un sitio mejor para acabar siendo literato?- no hizo más que recoger el latiguillo que ya empezaban a emplear los hombres para advertir a sus mujeres de que el día menos pensado las abandonarían. Puede que quienes argumentan eso tengan razón, pero también cabría la posibilidad de que fuera precisamente Updike quien, con su novela, creara e internacionalizara ese mito y que los demás, aun sin saberlo, no hagan más que rendir tributo a esa novela. Quién sabe.

“Corre, Conejo”, publicada en España por Tusquets en 1990, cuenta la historia de Harry “Conejo” Angstrom, un hombre que continúa mentalmente anclado en la juventud, época en la que destacó como jugador de baloncesto. La llegada de la vida adulta, con sus responsabilidades y sus degradaciones, agobian al protagonista de esa novela hasta el grado de que un buen día sale a comprar tabaco y, simplemente, decide iniciar una nueva vida. Pero, claro, las vidas nuevas a las que podemos aspirar los urbanitas de clase media son exactamente iguales a las vidas viejas que tratamos de abandonar –otros rostros, las mismas situaciones- y Conejo se ve impelido a regresar junto a su esposa, comprendiendo que la sociedad no da opciones, que la libertad está cercada, que el “útero social” impone el “eterno retorno” a lo cotidiano.

Pero “Corre, Conejo” no es sólo una extraordinaria novela en la que se crea el mito del hombre que sale a comprar tabaco, sino que contiene otras imágenes maravillosas, como pueda ser la de la palmada en el culo que “Conejo” Angstrom arrea a la esposa del reverendo Eccles. Es, sin lugar a dudas, el mejor cachete de la Historia de la Literatura. Un cachete tan fascinante que el otro día, justo cuando terminé de releer la novela, salí a la calle resuelto a reproducirlo en el primer trasero que se me cruzara por delante. Y así lo hice. Salí a la calle, planté la mano en un culo y me gané un bofetón de padremuyseñormío. Regresé a casa compungido, harto de que la vida no se pareciera a la literatura, y mi esposa me gritó: “¿Ya has comprado el tabaco?”. Sí, mi amor, ya lo compré, y aquí estoy de nuevo.


(La primera vez que supiste de alguien que desapareció por mucho tiempo, fue el caso de aquel cuate que avisó en casa que iba al parque a jugar básket y que volvió pasados diez años; después te enteraste del señor que salió de su domicilio y ya no pudo regresar y, atormentado, veía como su familia sufría por su ausencia, hasta que sus hijos y mujer se resignaron a la pérdida. Pero la única vez que le pegaste una nalgada a un compañera de la oficina que traía pantalones entallados de rayas verticales, encabronada se volteó hacia ti y te dijo a voz en cuello: "Que sea la primera y última vez que lo haces..." Nota tomada del blog 'el arquero', de Álvaro Colomer, diario La Vanguardia.)

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