viernes, 17 de diciembre de 2010

VIOLENCIA EN ZACATECAS

El levantón de ocho guanajuatenses la semana pasada en Zacatecas es una tragedia que se puede dividir en tres actos, a cual más de nefasto.

1) Mala puntería. Saber que hay policías corruptos es una cosa, tener un testimonio tan nítido de cómo trabajan para el crimen es otra. La policía del municipio de Joaquín Amaro detuvo y encarceló a los cazadores. Luego reportaron a los delincuentes la detención. “Tráiganlos de inmediato”, fue la orden de los criminales a los uniformados. Así lo hicieron. La autoridad zacatecana cree que los desaparecidos, dedicados al comercio de zapatos, fueron llevados hasta la capital del estado, distante unos 130 kilómetros. Hasta ayer se desconocía el paradero de los levantados.
2) Hechos bolas. El levantón encuera no sólo a los cuicos-cacos de Joaquín Amaro, también queda exhibida la descoordinación de las autoridades de Zacatecas y Guanajuato. Quién sabe si fue porque el gobernador del Cerro del Cubilete andaba en el Vaticano entregando el nacimiento papal, pero las versiones contradictoras (están muertos, afirmó la procuraduría guanajuatense basada en testigos; no podemos afirmarlo, contesta la zacatecana, que a su vez pide a sus colegas que le presten al testigo para tener más pistas) hacen crecer el sentimiento de desamparo: si esa falta de organización muestran en un caso tan público, qué esperar de su actuación en tragedias que no trascienden.
3) Triángulo de las Bermudas. No son los primeros guanajuatenses que desaparecen, ni los únicos cazadores que han sido levantados, ni mucho menos el primer ejemplo del control que tienen los narcos de las carreteras de Zacatecas. Hace tres días se cumplieron siete meses de la desaparición de cuatro personas originarias del municipio de Manuel Doblado, Guanajuato, que viajaron como turistas a Veracruz. En marzo, en los límites zacatecanos con San Luis Potosí, otro grupo de cazadores fue levantado; milagrosamente regresaron con vida. Luego de infinidad de robos en caminos supuestamente cuidados por un puñado de policías federales, las nodrizas —esos transportes que a su vez llevan autos— ya le sacan la vuelta a la tierra de López Velarde.
El leonés barrio de El Coecillo ha enmudecido. Ocho de sus “diableros” (vendedores de zapatos que cargan su mercancía en un diablito) quizá no vuelvan más a sus calles, a sus familias, temerosas de incluso demandar justicia. Las versiones sobre lo que pudo haber pasado son diversas, que si uno de los cazadores era ex militar y eso habría enojado a los criminales, que si otro se resistió al intento de extorsión que les quisieron imponer cuando corroboraron que no eran sicarios, que si uno intentó escapar... Lo cierto es que cuando millones están a punto de lanzarse a las carreteras para disfrutar de un viaje de vacación, lo que recomiendan en Zacatecas es tomar autobús; en caso contrario, no usar camionetas o autos lujosos, y nunca transitar de noche. Eso suena lógico (y aplica tanto para ese estado como para Michoacán, Veracruz, San Luis Potosí… y usted agréguele). Pero qué hacer cuando un retén policiaco marque el alto, cómo saber si esos uniformados no recibirán la orden de “tráiganlos de inmediato”.
Y si los zapateros aparecen muertos, ¿en qué rubro de la cuenta de los más de 30 mil homicidios que van en los tiempos de Calderón los pondrá el gobierno? ¿En el de asesinados por la autoridad? Porque los entregó la policía. Y los habrían matado los que mandan.


(¿Cómo se va a depurar a las fuerzas policiacas en Zacatecas, si las autoridades estatales están enfrascadas en entablar un juicio sumario contra las autoridades recién salidas; cómo se va a relevar al procurador de Justicia que levantó, su simple nombramiento, malestar entre la población pensante; cómo se administrará imparcialmente y sin consigna de fracciones partidistas la propia justicia? Preguntas dirigidas al Chapulín Colorado. La nota de Salvador Camarena se tomó de El Universal.)

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