domingo, 26 de diciembre de 2010

EL TONO

uno.
Esta mañana, mientras desayunaba en un restaurante del centro, recordé aquella escena que preparó José, en Torreón, como parte del trabajo de investigación actoral para una puesta en escena. José encendió varias veladoras con cerillos, colocadas previamente en sus vasos respectivos. Eran veladoras blancas, nuevas. Luego de prenderlas, fue acomodándolas sobre el piso donde él estaba hincado, colocó un rosario en el centro y alrededor de éste un conjunto de piedras de río. Expectantes, los otros dos actores, el director y el asistente de dirección escucharon el correr caudaloso de un río. En voz baja, José empezó a rezar o a murmurar un conjuro (imposible traducir un murmullo inaudible) o una oración.

dos.
A medida que el actor desarrollaba su monólogo religioso como parte del ritual, los testigos contenían el aliento: empezaba a impregnar el espacio un aroma parecido al incienso, acaso desprendido de las veladoras blancas. Cuando el actor, aspirante al papel de la Señora, cambió el tono de voz, yo intuí que era un conjuro para retener al ser amado, que pronto saldría de la cárcel. Era a él a quien iba dirigido el conjuro, eran las instrucciones de la amante para que el amado no la traicionase, no la volviese a abandonar.

tres.
José el actor y los testigos nos habíamos percatado que había encontrado el tono del personaje de Jean Genet, la patrona de Claire y Solange, Las criadas.

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