lunes, 15 de noviembre de 2010

CONVIVIO A CERO GRADOS

Generalmente los domingos llego temprano a casa, sólo que ayer fui a comer a Fresnillo y, desde que llegué, me invitaron a una comida de cumpleaños, comida que se extendió hasta después de las 22 horas pues había que romper una piñata, asar carne, salchichas tipo alemán y cebollas envueltas en papel aluminio. Antes de salir de casa le llamé a Pilar para avisarle que me disponía a viajar a su pueblo, que si le interesaba nos veíamos en un restaurante del centro, a donde le llevaría películas y libros. Pilar y yo acordamos vernos 90 minutos después, tiempo suficiente para el traslado y la llegada a la cita.
   Ambos amigos fuimos puntuales. Luego de escoger dos libros y una película, me pidió permiso para disponer de ocho poemas del blog "mi saliva todo locura" para su publicación en una plaquette. Le dije que se los escogería y le enviaría la lista para que simplemente los tomara del espacio abierto al que así lo desee, que yo mismo le haría la propuesta del tìtulo que englobe a la selección. Luego nos despedimos no sin antes acordar que nos llamaríamos en la semana..

   Desde el viernes anterior a ese domingo todos esperàbamos la llegada del frente frío número ocho que haría que descendiese la temperatura a bajo cero. Como siempre, el frío comenzó con vientos de 65 kilómetros por hora, lo que ocasiona que las cortinas metálicas de la librería La Azotea hagan "olas" y que ingrese al negocio polvo y briznas secas de los alrededores, que las mesas se llenen de basura y que la ceniza de los ceniceros se esparza aquí y allá; que el piloto del calentón del baño se apague, que los corredores de los tres pisos del edificio en que vivo se tapicen de esto y aquello, que los cables del servicio de televisión de paga, de mis vecinos, chicoteen los muros de los departamentos, que las cortinas, por más densas que sean, tiriten con el viento y el frío.

   Mientras los meseros colocaban los manteles en las mesas antes de extender los bocadillos previos a la comida de las 16 horas, los molcajetes con salsa, las rebanadas de pan y los quesos cortados en cubos, los jóvenes sintonizaron la televisión en el partido América-Pumas y empezaron a beber cerveza, con lo que se abría el compás de espera del resto de invitados y parientes de la festejada, que ese día celebraba el cumpleaños 74. Como yo no podía estar nomás apoltronado, a veces salía a la terraza donde el grupo de chicos iba y venía sin propósito alguno, mientras me fumaba el enésimo cigarro Delicados tabacos rubios.

   Desde un sofá de la terraza, en un área cubierta con un toldo blanco podía ver la televisión sin necesidad de escuchar la descripción a gritos del partido -el futbol no me emociona-, sin dejar de observar a un chico de pantalón ajustado y chamarra negra, que también iba y venía, ya ayudando con los trastos y la distribución en las mesas, ya con las cajas de refrescos, hielos en cubos, ya con los cartones de cerveza o las cazuelas de comida. Era un estudiante de preparatoria que había leído una entrevista que me hicieron en una ocasión que charlé sobre literatura, una plática informal sobre la creación literaria y los autores que me han llamado la atención, etcétera.

   Todo transcurría monótono y rutinario, hasta que el conductor, estudiante universitario, dijo: ai está un retén, qué hacemos. Detente, dijo la señora, si no lo hacemos nos disparan. ¿Y si son narcos? Te paras de todos modos. De noche, con viento frío, creí adivinar que eran ocho sujetos vestidos de negro que bloqueaban los dos carriles en dirección a casa, con lámparas encendidas en dirección nuestra. El conductor aminoró la velocidad conforme crecían las estaturas de los desconocidos y las camionetas que obstruían el paso.

   Ya se había roto la piñata como culminación del convivio y fiesta familiar. El acuerdo era que me regresaba en una Van con cuatro hermanos y el estudiante preparatoriano, que también venían para Zacatecas. Todavía pasaríamos a recoger a la madre de aquellos. Así se hizo. El trayecto se hace en una hora más o menos, apeñuscados, dormité un poco sin dejar de tener presente al chico a mi lado y el frío de la noche. Ya para llegar a mi domicilio, le toqué la pierna a la altura del muslo, antes de despedirme de todos. A la madre de los cuatro hermanos le indiqué dónde estaba la Azotea y la entrada al edificio en que vivo. Nos deseamos buenas noches.

   -Bájense todos, nos indicó el que se acercó al lado derecho de la Van. Sin decir una palabra, atendimos la orden. La fuerza del viento me indicó que cerrase el último botón de la chamarra, previendo una tos con flemas en los días subsecuentes. Nos separaron en dos grupos para interrogarnos: de dónde vienen y a dónde van. Nos pidieron documentos y los del vehículo en que veníamos. La información la dieron los mayores de los cuatro hermanos. Preguntaron si éramos familiares unos de otros, sólo yo era el invitado que accedieron a traer de regreso a esta ciudad, próxima treinta kilómetros. Ya de nuevo instalados en la Van, el que nos ordenó que bajáramos, recomendó: "se van con cuidado."

   Esta mañana le seleccioné a Pilar los ocho textos que me solicitó y se los envié a su dirección electrónica. Todavía es hora que no me contesta.

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