domingo, 31 de octubre de 2010

ITINERARIO DE CERNUDA

Luis Cernuda: una vida opuesta


100 años de Cernuda (1904-1963)

La esencia de su poesía la constituye el conflicto entre realidad y deseo, ya que el deseo, en muy contadas ocasiones, logra el “acorde” con la realidad, que se muestra esquiva. En Cernuda sólo se produce con el Amor, en el Arte o en la Naturaleza

Aunque no le faltaran buenos momentos, no fue fácil el vivir de Luis Cernuda. Tuvo demasiadas horas de mala suerte y su carácter (ese carácter que terminó forjando su famosa leyenda, que detestó públicamente y acaso terminó queriendo, en secreto) le hizo caer mal o alejarse de mucha gente que, en alguna manera, le quería. Demasiado intrigante para muchos, nada acomodaticio ni chaquetero, enormemente digno en sus dificultades (que no fueron pocas) Cernuda resistió siempre, sin perder la compostura. Aquel atildamiento tan suyo. Lo dijo al final de su autobiografía intelectual, Historial de un libro (1958), con palabras tomadas de “alguien infinitamente sabio”: “Carácter es destino”.

Estudiante

Luis Cernuda Bidón (no le gustaba ese segundo apellido de origen francés) nació en Sevilla el 21 de septiembre de 1902. Su padre era militar, comandante de Ingenieros. Y tenía ya dos hermanas, Amparo y Ana. Esa familia (burguesa, sobria) es la misma que quedaría cruda y claramente retratada en el poema “La familia” de Como quien espera el alba (1944). El poema que Cernuda leyó, en Londres, a Leopoldo Panero, para horror e irritación de este... A Luis Cernuda no le gustaban las familias patriarcales (todo lo que ese orden ha supuesto) y la suya no podía ser una excepción.

Vivió en Sevilla (estudiante de Bachillerato y Derecho luego) hasta el fin del verano de 1928. Su padre había muerto años atrás y ese mismo año murió su madre. Casadas las hermanas, Luis vende la casa familiar y se marcha a Madrid, pasando por Málaga -sus fotos, joven, en la playa- donde visitó amigos y tuvo un amor fugaz, Gerardo Carmona. Por entonces, Luis había publicado ya un primer libro, Perfil del aire, en 1927. Es un libro impecable, con alguna influencia de Jorge Guillén y quizás aún sin voz nítida. Las críticas poco entusiastas -lo sabemos- Cernuda no las perdonó jamás.

Los amigos poetas

En Madrid se hace amigo de Lorca y de Aleixandre, homosexuales como él, aunque cada cual terminara viviendo el tema de muy diferente modo. En 1929 (ayudado por Pedro Salinas, antiguo profesor suyo en Sevilla) Cernuda se va a Toulouse como lector de español. Quizá intuyó entonces que ser profesor, para lo que no tenía una explícita vocación, iba a ser en adelante (y sobre todo tras la Guerra Civil) su modo de vida. La procla mación de la República, en 1931, halla a Cernuda en Madrid -un Cernuda dandy y muy aficionado al cine- en plenitud de ánimo rebelde, lo que será su permanente sentir ante la vida y la sociedad: Rebelde como quería el surrealismo (que bebió con placer unos años) y como quería su condición homosexual, hecha pública en esos días favorables, y muy pioneramente en España, como predicara André Gide. Sin la rebeldía de Gide no podría entenderse la rebelión cernudiana. El título clave de ese tiempo: Los placeres prohibidos, libro terminado en 1931. Poco después -y a través de Lorca- conoce a Serafín Ferro, un chico gallego que será el primer gran y desdichado amor de su vida. El que ama no es amado. O no igualmente amado. La amarga reacción a ese fracaso: Donde habite el olvido (1934).

El entorno de la Guerra Civil y la propia contienda despertaron la conciencia política de Cernuda. Fue comunista fugazmente -ayudado por Alberti- pero siempre fue lo que llamaríamos un sinpartido de izquierdas. Quería un mundo diferente y una moral distinta. Por eso estuvo siempre contra el orden burgués y contra las religiones del pecado. Octavio Paz lo vio muy bien: el muy moralista y anticatólico Cernuda, el menos cristiano de nuestros poetas.

Con el gobierno de la República

En 1937 está en Valencia, con el gobierno de la República (a la que siempre permaneció fiel) y en 1938 marcha a Inglaterra a dar unas conferencias, invitado por su amigo Stanley Richardson. No volverá más a España. Cernuda (el clásico del 27 que más tardó en triunfar) hizo del exilio una actitud, un modo de enfrentarse a la vida. En abril de 1936 -poco pudo pues circular la edición- apareció La Realidad y el Deseo, título que en adelante recogería su obra poética, cada vez más autobiográfica, más rica, más depurada. En 1939 es lector de español en Glasgow. A partir de 1941, pasa las vacaciones en Oxford. La poesía inglesa, la actitud moral de Inglaterra fueron tan fundamentales para Cernuda como en su juventud lo fuera la literatura francesa simbolista y surrealista.

En 1947 -con mejores condiciones económicas- Cernuda abandona Gran Bretaña rumbo a Estados Unidos. Allí (de nuevo ayudado por Pedro Salinas) será profesor primero en Mount Holyoke, en la costa Este; y más tarde -tras su paso y descubrimiento de México, en 1950- en California. Pero en México (donde llegó Salvador, su segundo y último amor grande, el de Poemas para un cuerpo) hallaría Luis Cernuda lo mejor de sus últimos tiempos. Quizá una Nueva España. Allí, Cernuda sería becado por el célebre Colegio de México, para escribir lo que serían sus Estudios sobre poesía española contemporánea, terminados en 1955 y uno de los mejores y más polémicos ensayos del poeta, en quien quizá no se ha valorado suficientemente esta faceta ensayística. En ese mismo año le llegará desde España el número homenaje de la cordobesa revista Cántico, en su segunda época. Aunque es homenaje menos contundente que el que, en 1962, le dedicará la valenciana La Caña Gris, el homenaje de Cántico fue el primero, y sólo con él comenzará a ver Cernuda (tan pesimista a este respecto en sus cartas) el eco que su poesía -aunque aún sin reeditar entre nosotros, difícil sino imposible encontrarla- empezaba a tener entre la parte más atenta de la juventud literaria española.

Retorno inevitable a México

Si bien entre 1960 y 1961, Luis Cernuda volverá a las clases en Los Angeles y luego en San Francisco, retornará inevitable a México. Un lugar más importante para él de lo que puede adivinarse en el amor de Salvador (un joven culturista) y en los bellos poemas en prosa de Variaciones sobre tema mexicano, publicados en volumen en 1952. Pero nada, como fuere, le hará dejar de ser el hombre amargo, lúcido, elegante y disidente -siempre disidente, a la contra siempre- que mostrará su magnífico último libro, Desolación de la Quimera (1962). Preterido o casi en España, muchos entre los jóvenes poetas lo estaban empezando a ver como el maestro que precisamente libera de los maestros. Él, como su Góngora, “no transigió en la vida ni en la muerte/y a salvo puso su alma irreductible/ como demonio arisco que ríe entre negruras”.

Grandísimo poeta, reconocido muy tarde, y hombre con su propia conciencia libre y su propia altivez sin claudicaciones, muy cansado, Luis Cernuda murió en México, en casa de Concha Méndez, de un súbito ataque al corazón, el 5 de noviembre de 1963. Allá está enterrado en el Panteón Jardín. Cerca o lejos, le quisieron sólo quienes tenían que quererle.


(Una vez entregué en préstamo La realidad y el deseo, la edición del FCE, que jamás volvió a mis brazos pues me mudé de ciudad. Cuando viví cerca de Torreón, Coahuila, cada vez que pasaba por una librería cercana a la alameda, un imán me atraía de ese lugar. Hasta que vi un aviso sobre la vidriera, en que avisaban del cierre inminente. Entré y lo primero que vi fue el libro perdido de Luis Cernuda, que aún conservo desde hace veinte años. La nota biográfica reproducida es de Luis Antonio de Villena, que aparece en el suplemento "El cultural", del diario El Mundo, con fecha del 19/09/2002.)

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