lunes, 18 de octubre de 2010

CARTA A X.V.

Querido Xavier:
Han pasado quince increíbles años desde que, repentinamente, te ausentaste En ellos, tu recuerdo constante me ha acompañado. En mis sueños nos visitamos con frecuencia y escucho tu voz, tus reconvenciones o tus consejos. Una parte mía murió contigo. Te llevaste mi adolescencia. Una tuya pervive en mí -la herencia de tu fino talento en cuanto fui capaz de recibirla.
   En estos años tu obra ha sido objeto de muchos estudios eruditos y de creciente aprecio y admiración. Tu última y más ardiente pasión, el teatro, ha visto germinar la semilla de renovación y seriedad que te debo desde nuestros años de Ulises -y desde tu consagración a su servicio como dramaturgo, director, empresario, maestro. Tus discípulos se han logrado y se enorgullecen de haberlo sido. Y entre tus deslumbrados alumnos extranjeros y de literatura, Frank Dauster ha estudiado con amor tu obra, y Marlin R. Foster prepara ahora mismo su tesis de doctorado sobre ella. Han empezado, con respeto, curiosidad, admiración, a disecar cuanto escribiste -o cuanto tú elegiste que conocieran los demás, de cuanto escribiste.
   Ahora me han pedido tus cartas. Y las he entregado gustoso a sus editores. Las que conservo: las que me enviaste durante tu único viaje fuera de México. Tuve otras tuyas, de hace muchos años: de cuando fuiste tú quien permaneció en México -y apenas iniciada nuestra amistad en 1919, en Torreón recibí tus confidencias de adolescente por primera vez enamorado. Cómo lamento haberlas perdido. Tenían ya tu letra -y tu espíritu riguroso, crítico, debatido. Se destinaban ya, como cuanto escribiste, a una posteridad que afrontabas desde tus primeros poemas, ensayos, reflexiones.
   Moriste demasiado joven para volverte tan evocador o romántico como ha sido siempre mi tendencia -como me reprochabas que fuera, o como este carácter se ha conmigo acentuado en la vejez de que tú te libraste. Pero pienso que ahora abarcarás de una sola y vasta mirada la redondez perfecta de tu vida -y que acaso añores, como yo, los años que para mí tiñó indeleblemente nuestra fraternidad adolescente.
   Era otro México -pequeño, claro, neto, Recorríamos a pie sus calles libres y limpias. A una flor no se le puede pedir que piense en sus raíces ni en el follaje de que emerge a aspirar los aires remotos y a contemplar un cielo infinito. Leíamos a los extranjeros, los traducíamos. No sentíamos que la savia de nuestro impulso, fecundada con el polen lejano, daría a su tiempo el fruto mexicano que en madurez volviera a pensar en la tierra y generara una nueva raíz.
                                                        Il faut se pedre
                                                        pour se retrouver.
   En nuestras lecturas, tú encontraste esta frase que definía el momento de nuestra adolescencia. De la parábola del hijo pródigo, meditabas la filosofía de su retorno y el consejo que imparte a sus hermanos menores. Nuestra Odisea se realizaba impulsada por aquella virtud de la curiosidad que te aquejaba como una sed nunca saciada. Eras, como llamaste a una sección de nuestra revista cuando al fin logramos el sueño de publicarla, "El curioso impertinente". Fue de curiosidad y de crítica -los dos polos de tu inteligencia; polos eléctricos cuyo contacto generaba la chispa de un poema -aquel Ulises cuyo nombre por ti sugerido definía la aventura. Y en sus páginas, como en nuestros "estudios" comunes, recibimos a dos inteligencias jóvenes descubiertas y estimuladas por tu espíritu siempre central: Gilberto Owen, el poeta, y Jorge Cuesta, el demoledor. Allí continuamos la amistad de los que un poco más tarde formarían el grupo de los Contemporáneos: Jaime, a quien conocimos juntos en la Preparatoria; estudiantes nosotros, él joven secretario: Bernardo Ortiz de Montellano y José Gorostiza, el altísimo poeta. Desde la barca de Ulises te comunicaste con un Alfonso Reyes tan consonante a la distancia conmigo. Y dentro y fuera de las letras, compartíamos la alegre amistad de Enrique González Rojo.
   Dejo libre en esta evocación de nuestra amistad la afluencia de los recuerdos más aparentemente heterogéneos. Y así vuelvo a vernos incurrir, como quien perpetra una travesura, en entregar a los empresarios del Teatro Lírico una o dos revistas en que todos colaboramos anónimamente con escenas, y de las que sólo recuerdo el título de una: Café negro. Fue aquella nuestra primera incursión en el Teatro. Cuando poco después coincidió con el nuestro el entusiasmo desbordado de Antonieta Rivas, pudimos ya cristalizar en el Teatro de Ulises un anhelo ferviente cuya tesis: la renovación del Teatro en México; la creación de un Teatro mexicano digno y moderno, nutrido en la experiencia del extranjero, nos aplicamos a demostrar acometiendo y allegando todos los materiales para construirlo: traducir las obras, montarlas, actuarlas.
   Fue aquel un bello momento del México nuevo, que acallada la balacera de la Revolución, de ella se encaminaba hacia la cultura: el México de Diego Rivera y de José Clemente Orozco en los muros, de Carlos Chávez, igualmente agresivo, desde el podio y al frente de una orquesta y de un público a quienes por igual sacudía del marasmo a latigazos de modernidad estruendosa: la abolición del cromo en la pintura, de la 1812 en la música, de Benavente en un teatro que llenamos con nombre entonces tan nuevos como O'Neill y Cocteau. En el Teatro de Ulises se anudó tu fraternidad con Agustín Lazo. Tú lograste sacarlo de la concha a que tu muerte lo ha restituido. Ustedes dos tradujeron obras que desaparecido nuestro grupo inicial, te pusieron ya en contacto con las compañías profesionales de una María Teresa Montoya a quien ambos admiraban, y a quien dedicaste La hiedra.
   No habías haste entonces viajado más allá de una que otra excursión a algunas ciudades de la República.
   Fuimos juntos a Puebla todavía en tren, y de allá trajiste a contar en la Antena de Panchito Monterde, la anécdota de mi insomnio sólo saciado con el agua de corrección que me indujo a solicitar en el periódico que me dejaran corregir las pruebas. Fuimos juntos algunos fines de semana al pueblo de ese Delfino, nuestro amigo perdurable, por quien todavía me preguntas en las cartas que hoy se publican; y de esas breves excursiones a un paisaje que llamaste: "una Suiza desterrada", ambos trajimos poemas de los cuales los tuyos aparecen en tu primer libro, Reflejos: "En las fichas del sementerio, los más son los menos."
   Si yo tratara en esta carta de forjar tu biografía, siquiera en relación con nuestra amistad, tendría que localizar en el tiempo y la circunstancia el momento en que nos impusiste a todos la disciplina del bridge que tú nos enseñaste a jugar, y que es un juego tan consonante con tu espíritu organizado, en que el azar se subordina a la inteligencia de estimar las propias fuerzas y administrarlas en el ritmo y el riesgo de las "finezas". Reconocías y censurabas que el bridge conspirase en combatir la conversación; pero era en realidad su forma más quintaesenciada, y por ello tu predilecta y la que todos practicábamos afanosos bajo tu dirección.
   Cuando te conocí, todavía practicabas el tenis en que tus hermanas y hermano habían ganado trofeos. Después lo abandonaste, y ni a ese deporte ni a la natación que más tarde te sedujo, te acompañó mi inveterada poltronería.
   Pero el objeto de esta carta destinada a servir de prólogo a la publicación de las tuyas, no es el de intentar, lo repito, tu biografía. Es el de dar rienda suelta a la libre evocación de algunos momentos de nuestra amistad, tal como ellos fluyen anárquicamente en mi memoria. Por unos años te me pierdes: son aquellos en que yo me retiré de la burocracia que en Educación nos reunió, y tú publicabas con Octavio Barreda una nueva revista que llevaba el título tan de tu gusto de El Hijo Pródigo; cuando frecuentas el Café París y tu espíritu central entra en contacto con una nueva generación de jóvenes escritores. El caballero Usigli, como le llamabas, gestiona una beca para estudiar teatro en la Universidad de Yale, y de repente, allá te vas con él: a emprender un primero y único viaje fuera de México; con el bagaje de la cultura acendrada en los que hasta entonces sólo habías hecho "alrededor de tu cuarto".
   De esa ausencia tuya son presencia estas cartas. El lector se asomará en ellas a tu intimidad, a nuestra intimidad. Te verá descubrir un mundo ingenuo y nuevo y estimulante en los deportes a que asistes; tomar clases que juzgas con agudeza, germinar el propósito de transportar a México cuando regreses, frutos de experiencia con qué enriquecer ese teatro que sería tu pasión definitiva. Por esas cartas no sabrá, sin embargo, que el viaje a Los Ángeles de las últimas, se transmutó en uno de tus más hermosos poemas: el "Nocturno de los Ángeles".
   Volviste a México ya en plena madurez. Escribiste comedias después de ejercitarte en el rígido soneto de los "Autos", organizaste la Escuela de Teatro y diste en ella clases de actuación. Y tu amistad con Adolfo Fernández Bustamante, aconsejó a este organizador la estructura que todavía rige a la Unión Nacional de Autores. Y emprendiste el teatro profesional como Director ahora totalmente técnico. Nuestro sueño de Ulises, tú lo cumpliste: nuevos autores italianos, franceses, norteamericanos - y mexicanos, a quienes estimulabas con ejemplo y consejo; nuevos actores, a quienes adiestrabas en clases que aún no olvidan y que han normado desde entonces en la Escuela de que fuiste fundador (y en que con toda justicia y cordial reconocimiento los propios alumnos honran con tu nombre su Sala de ejercicios y prácticas) las clases de actuación.
   Sigues, en fin, vivo y presente entre quienes continuamos una obra a la que consagraste tu inteligencia y tu pasión.
   Y fuera del teatro y de toda relación con todos los demás que te recuerdan, admiran, respetan, analizan, estudian y acuden a la fuente clara y profunda de tus libros convocados por el signo de la curiosidad que te presidía; para mí solo, sigues vivo y presente en tu ausencia de cada vez más años; a una distancia que el tiempo acorta, minuto a minuto, hacia el día venturoso en que vuelva a verte.
   Te abraza:
                                                                                                                          Salvador Novo
17 de enero de 1966.


(texto tomado de Cartas de Villaurrutia a Novo 
-1935 - 1936-, INBA, México, 1966, col. Documentos
Literarios)

(La renovación del teatro en México corrió a cargo, en buena medida, al aire fresco que le insuflaron aquellos que conformaron el teatro Ulises, luego de terminado el movimiento armado de 1910 y enmarcado ese fenómeno cultural en el llamado Movimiento Nacionalista, que en esta carta íntima cita el autor, en donde confluyeron músicos como Silvestre Revueltas, dramaturgos de la talla de Rodolfo Usigli, coreógrafos y bailarines de la importancia de José Limón y Guillermina Bravo, amén de la generación de muralistas y mecenas como Antonieta Rivas Mercado.
El doctor en letras Antonio Marquet, escribió:
En esta deslumbrante carta, se pone en relieve la capacidad de evocar que tiene Novo y su seguridad para mostrar lo que fue una amistad productiva y trazar un itinerario tan rico.

"Asomarse a nuestra intimidad" suelta Novo de manera natural. En los 60 hablar de la "intimidad" de dos hombres era una fuerte sacudida para el machismo.
¡Dos hombres no tienen intimidad! Si la tuvieran, no la pondrían en el prólogo a un libro. ¡Qué provocación!
Me encanta la frivolidad de los contemporáneos. Apenas doy crédito a la firmeza con la que transforma Novo el bridge en la quintaesencia de la conversación y de la inteligencia: otro rasgo identitario provocador. Si un hombre juega cartas, se precia de lo que gana: es un ganador de apuestas. No juega para "conversar", qué jotería, por dios, porque en el hombre todo contacto debe estar normado por las leyes de la ganancia y eficiencia. La vida entre heterosexuales está marcada por la apuesta: incluso sus equipos deben ganar y hacerle ganar pecuniariamente. ) 

No hay comentarios: