miércoles, 28 de abril de 2010

EL PAÑUELO

Enrique tiene cinco años de edad. Ese sábado dos de noviembre acompañó a su familia al camposanto para llevarle flores de cempasúchil al abuelo, con él iban los padres y sus hermanas, mayores que él y la abuela, que enviudó hace nueve y ahora vive aquejada de diabetes mellitus, una enfermedad crónica que cada vez ataca a más jóvenes. El cementerio estaba a rebosar por el arraigo que el Día de Finados tiene en este punto y sus alrededores; y Enrique se había empeñado en asistir a su primera ceremonia de acercamiento con uno de sus antepasados, el abuelo, pese a que no es diestro aún -usa muletas-, en desplazarse por sí mismo y en grandes multitudes.
Acaso el aroma profuso de la flor de muertos, como se le llama al Diente de León y a la flor amarilla tradicional, acaso el sol clásico de otoño, quemante, tal vez el apeñuscadero de los deudos fieles a sus raíces, la cuestión es que nadie se lo esperaba, pero Enrique soltó el llanto con ganas, como si se hubiese materializado el abuelo de anteojos de fondo de botella, nadie dijo nada, simplemente los acompañantes del menor hicieron, silenciosos, un círculo -como cuando dos personas se lían a golpes-, como para que el pequeño llorara sin estorbos, o como si su dolor y llanto fueran sagrados. Es decir, se hizo un silencio respetuoso. Nadie le dijo "Enrique, qué tienes", o "Cállate que vas a asustar a la gente". Simplemente esperaron a que al chico se le pasara el acceso de llanto, a que acabase la catarsis, a que pasara la pequeña nube de tormenta que a veces pasa por nuestras vidas o por algún ceño fruncido.
El terregal que levantan las escobas sobre las losas y lápidas se había hecho presente en las mejillas del chico, que se acentuaron con las lágrimas que le escurrían, en los mocos que le resbalaban ya de una, ya de otra fosa nasal. Alguien se acordó que traía pañuelos desechables pero nadie quiso sacarlos y tenderle uno al chico. Era como un llanto que paralizaba. Como muchos seres de su edad, el pequeño hubo de rubricar el fin del momento de dolor con un hondo suspiro, fue cuando la abuela se acercó y le limpió lo que había que retirarle del rostro. Esta vez no le pidio, "A ver Enrique, suénate fuerte", simplemente le pasó el pañuelo por el labio superior y los cachetes empolvados. Nadie preguntó nada.
Cuando estoy comiendo en el restaurante familiar, días después de la incursión al cementerio, alguien empieza a evocar el episodio. Es cuando el chico se atreve a hacer la aclaración pertinente: "Lloré porque no alcancé a conocer a mi abuelo."

martes, 27 de abril de 2010

EL CUARTO DE LAS INJURIAS

Cuando despierto aún oscura la mañana es que me robó el sueño la bebé de meses del departamento de abajo. El tren no, ya es parte de mi sueño el paso del tren a horas tiernas del día, sea jueves o día festivo, el tren pasa cerca de donde duermo.
Aunque haya días que la niña tierna no llora, "está resfriada" me dicen los padres recién estrenados papás, abro los ojos todavía oscuro, antes del crepúsculo. Entonces me incorporo, levanto la cortina y trato de intuir cómo empezará el día.
Si enciendo la tele, si echo a andar mi lap-top, si prendo el radio, si abro los periódicos on line: el país, la ciudad, las montañas, los cerros y el amanecer se aprecian teñidos de sangre.
En este contexto es que el tejido social, las relaciones interpersonales, las raíces familiares están permeadas por la violencia, por fórmulas secretas del crimen, por una adoración no intuida de la sangre joven, de los cuerpos vírgenes, sin pecado, sin recuerdos, sin memoria ni heráldica alguna.
Sin aviso ninguno, sin yo advertirlo esa mañana con el llanto anticipado de mi tierna vecina, el paso del tren o los ladridos ocasionales de los perros que pasean por el barrio, llego Beto, procedente de Torreón.
Luego del reconocimiento de rigor: : cómo has estado, cómo te ha ido en la vida, la enfermedad, el corazón, las vías respiratorias, el trabajo, la familia, los amigos, la fortuna, el sueño, el amor, la soledad, los contratos, el conocimiento, el falso equilibrio, la casa, los negocios, el coche, las puertas, el verano, los viajes a Saltillo, a Monclova; en suma, qué vientos te traen por aquí.
Finalmente, Beto me cuenta, muy por encimita y como de pasada, que un su amigo, a propósito de la violencia, que permea incluso las crestas más lejanas del paisaje, apareció un día con tajos en el rostro, las piernas, el torso, la espalda, los omóplatos, las plantas y las palmas. Tajos surcados con violencia, como algunos diseños de artistas mitad figurativos y mitad abstractos, con arma blanca. Con pasión entonces. Con moretones en la cara y en los ojos, el amigo no quiso contar lo sucedido, aunque su cuerpo era el bosquejo de una historia sórdida y muda a un tiempo, como una historia esbozada en el fondo de un mar cercano a nuestras costas. Había prestado su morada, en Gómez Palacio, a un pederasta y, claro, lo confundieron con el victimario; o un cómplice; el caso es que le pudo ir peor.
Beto había venido a esta ciudad para estar presente en un rito religioso luego de la muerte de una chica, tres años atrás, en un percance carretero. La joven tenía 18 años, como decían los adultos de entonces: con toda la vida por delante. La idea de la visita era vernos de nuevo antes de su retorno, pero ya no fue posible. Me avisó que saldría de madrugada, horas antes de su plan original, así que quien sabe cuantos años pasen antes de vernos de nuevo.

Aunque es más fácil conseguir información de un viejo, qye tuvo otra formación religiosa, visual, lingûística, sensorial, emocional y todo lo que quepa en el libro de la vida, yo abrigaba la intención de preguntarle a mi amigo de Torreón por el cuarto de las injurias.
Hasta donde sé, éste era el lugar donde se almacenaban las cosas en desuso: baúles, petaquillas, valijas, periódicos, planchas, máquinas de coser manuales, marca Singer, revistas, libros, libretas y cuadernos, monturas y cosas con un pasado que en su momento no se llevaron al muladar ni se les prendió fuego. Esa habitación, el cuarto de las injurias, hacía las veces de bodega o almacén de tiliches, objetos abandonados y acumulados mientras no tuviesen alguna utilidad. Ahì, me dijo alguien, se encerraba también a los niños rebeldes, malcriados y rezongones.
Podía ser un cuarto de grandes dimensiones, una bodega, sin ventanas y con una sola puerta; a veces tenía un ojo de buey, cerca del techo, con el fin de que se ventilara el lugar o, dado el caso, saliese el humo o el llanto dle chico castigado por respondón, desobediente o cualquiera fuese el motivo de la sanción.
Esta mañana de septiembre no ha llorado la bebé tierna de mis vecinos; ni ha pasado tren carguero alguno; tampoco he tenido noticias de Beto y su llegada con bien al remoto Torreón. Pero me he incorporado con una certeza: aquellos hogares que no tenían un cuarto de las injurias donde aislar a los chamacos rebeldes, a éstos se les castigaba en el patio, cerca de los hormigueros, hincados; o los dejaban en la azotea mientras los señores de la casa se iban al rosario; o simplemente los dejaban sin cenar, aislados del mundo (para que nadie los viese llorar).
Pero hay una duda que me asalta en cuanto abro los ojos: la recién nacida, que ya recibe clases de estimulación temprana y natación a domicilio, aunque en los departamentos se carece de piscina, ¿suelta el llanto prque adivina que hay un cuarto de las injurias en su vida?; ¿su vocación en la vida, en el sentido etimológico de la palabra -"sentirse llamado a"- está relacionada con alguna celda de castigo o, por el contrario, la bebé, en el corto tramo de su vida, añora el lugar estrecho en que vino al mundo y donde maduró antes de ser expulsada a esta ciudad de piedra? Aunque hay pensadores que afirman que pasan meses y años para que un neonato se despabile antes de pasar de la galaxia de donde se desprendió, antes de caer -¿de pie?- en este plano de la realidad terrenal. Para mí, lo cierto es que quien sabe.

Esta vez me desperté aún oscura la mañana; aunque no se escuchaba el llanto de la nena tierna, ya estaba despierto. La víspera me había planteado la posibilidad de viajar a un pueblo distante cinco horas, donde viven Fernando y Sergio: la disyuntiva que tenía frente a mí, como cuando me peino frente al espejo, era si salía el sábado en la tarde; o viajaba la mañana del día siguiente. El quid del viaje era el regreso a casa: el lunes o el martes pues a media semana tenía cita con el médico, a primera hora.
Pero ya estaba despierto y no podía, en ese momento, retomar el sueño. Por lo que me incorporé a desalojar los riñones y a preparar el café de ese día. Finalmente dejé que el día desvaneciera el propósito, cada vez más lejano, de ir al pueblo distante casi un cuarto de día.
Por la tarde recordé una creencia de un conferenciante: hay casas que cobijan y casas que matan; pensamiento o idea que relacioné con una casa en que viví a mediados de la década de 1980, en otra ciudad. Aunque ahí no enfermé de hepatitis, a ese lugar me trasladé mientras convalecía; ahí escribí "La noche a cuentagotas", que fue una recreación de la enfermedad y la paulatina recuperación. Mientras vivía esta etapa supe que, años atrás, ahí, donde ahora habitaba, habían estado las instalaciones de la Cruz Roja; es decir, era una casa que encerraba dolor, enfermedad, duelo, colores apagados, cuerpos inermes e inertes. Pero ahí me acompañaba Josefina, minina que una noche me impidió dormir: era la primera vez que mi mascota trepaba a un árbol, de donde no supo bajar, hasta que un vecino le ayudò con un palo de escoba.

lunes, 26 de abril de 2010

LOS FORASTEROS

También los forasteros, como nosotros,
llegan cansados: beben al hilo
dos vasos de agua.

Ya agotada, agradecidos
con los anfitriones, muestran la ristra
de dientes deslumbrante.

No revelan de donde vienen, pero
el perfil los exhibe temerarios
ante lo desconocido de nuestra sed.

Cuando duermen, recién llegados,
se funden con la hojarasca,
confundida con ellos en el reposo.

Sin ellos saberlo, recuperan
inconscientes una inocencia
que sólo llevan consigo los viajeros.

Su calzado los delata porque
éste es un cofre y un mapa
de su necesidad de estar/ de ir
a otra parte.

Cada noche sueñan que descienden,
callados, en un esfuerzo sobrehumano,
al fondo desconocido de otros mares,
de nuevos puertos.

Cuando amanece, peregrinos que jamás
dejan de serlo, se despiden
y prometen el regreso. Aunque nunca sabremos.

viernes, 23 de abril de 2010

sin palomas mensajeras

El martes de semana santa, día laborable en oficinas federales, llevé un paquete lacrado con tres libros formato de bolsillo al Servicio Postal Mexicano, con destino a la ciudad de Durango donde aún tengo amigos que tienen la costumbre de leer literatura. Pasaron tres semanas -o sea 21 días- y el destinatario me envió un e-mail para preguntarme qué pasaba con el envío pues me había hecho el depósito antes de recibirlos.
El resto fue un ir y volver, un marcar y remarcar a Sepomex, entrevistas con el administrador F. de Alba y llamadas, de parte de él, a Durango. En síntesis, el cartero había entregado el paquete en las primeras horas de la semana de Pascua en Durango. Era su palabra contra la palabra de Fernando, mi amigo de años y lector de Wilde y otros poetas de países distintos.
Entiendo que el servicio de mensajería ya dejó atrás a las palomas como vehículo de comunicación, que se ha estudiado que estas aves, símbolo de paz en tiempos de Olimpiadas, son dañinas a la arquitectura de cantera y a estilos que cuajaron en Barroco, Neoclásico, Churrigueresco, Gótico, etcétera. Incluso se combaten con aves propias de la cetrería en ciudades del viejo Continente.
Pero mi envío no llegó a su destino y no veo cómo mi cliente y amigo recuperará su inversión o cómo el que habla podrá invocar a las fuerzas sobrenaturales para que me sea devuelto un paquete que encierra la sabiduría de tres plumas. ¿A quién recurrir entonces para resarcir la pérdida primero de los libros, el costo del porte y, no sé aún, a un amigo que empieza a desconfiar no del servicio postal, sino de mí?