jueves, 26 de mayo de 2016

Carmen Callejo (1990 )

Las manos de los asesinos



Mi vecino me habla de Guaros,
de tesoros incas enterrados en el bosque
para huir de las garras destructoras
de mis antepasados.
Me cuenta también
cómo hace pocos años
todo el pueblo marchó
y cómo juntos cerraron esa mina.
Mi alumna me explica el Inti Raymi,
la fiesta del sol del solsticio de invierno
y hablamos por horas del Tunche,
el Chullachaki,
de todos los espíritus que habitan
en el bosque.
("Miss Carmen, dime, ¿tú crees en ellos?")
En el pueblo del otro lado de las montañas
un anciano me cuenta cómo su lengua natal,
el awajún,
se le ha ido oxidando entre los labios
cuando se le obligó a tragar
castellano a la fuerza.
"Los awajún viven allá,"
me dice un compañero,
"al fondo de la selva,
en pequeñas cabañas.
Tienen flechas y arcos,
son parte del bosque
y es por eso que defienden como nadie
sus árboles sagrados
de las madereras."
Una amiga me cuenta
que desde que llegara el cristianismo
y forzara el matrimonio,
las mujeres viven tan miserablemente
que los suicidios se han convertido en norma.
Anochece en la selva
y al cielo nublado de los andes
lo iluminan las llamas
de esa memoria histórica
que mantiene con vida
al bosque que matamos.
Yo palpo en la oscuridad mi cuerpo abierto,
colonizado y forzado tantas veces
por manos europeas.
Y quiero renacer en este sur del mundo,
ser latina de sangre y de memoria,
o hacerme polvo y ser parte del camino
sólo un trozo de tierra
al sur del Abya Yala.
Pero cargo en mi piel la sangre
de mis antepasados.
Es tarde y mi vecino ya está volviendo a casa.
Yo me quedo sola, sentada frente al bosque.
Y miro a contraluz mis manos. Blancas.

Del color de las manos de los asesinos.


("emma gunst")

miércoles, 25 de mayo de 2016

Raúl Henao (1944 )

El olvido


Cerca al desposeído al desamparado
El olvido pasea sus muertos
Insepultos entre la niebla
Cruza el sordo la calle
A brincos la sangre le hace señas
En el espejo de la mañana.
Y no hay un árbol a la redonda
Donde poner un nido de pájaros
Una sola nube donde acampar al sol.

El olvido pasea sus muertos insepultos
Cerca al desposeído al desamparado.
El sordo cruza la calle.
Entre la niebla acampan los pájaros
Porque no hay un sol donde poner una nube
Un árbol donde borrar
La sangre a cántaros de la madrugada.


("ala de cuervo.blogspot")

martes, 24 de mayo de 2016

José María Cumbreño (1972 )

El timbre


Sé que me dijiste que no pensabas volver. Que te marchabas
          definitivamente.
Que, según tú, era lo mejor para los dos.
Lo sé.
A pesar de todo, no quise que me devolvieras las llaves.
Porque aunque no me hayas llamado ni una vez.
Ni una sola.
Ni cojas el teléfono cuando yo lo hago.
Todas las tardes, al regresar del trabajo, antes de abrir la
          puerta pulso el timbre.
Y espero.


Por si acaso.


("emma gunst")

lunes, 23 de mayo de 2016

Linda Pastan (1932 )

Lo que queremos


Lo que queremos
nunca es sencillo.
Nos movemos entre las cosas
que pensamos que necesitábamos:
un rostro, una habitación, un libro abierto
y esas cosas tienen nuestro nombre...
ahora, nos necesitan.
Pero lo que necesitamos se aparece
en sueños, lleva disfraces.
Descendemos,
tendemos los brazos
y por la mañana
nos duelen.
No recordamos el sueño,
pero el sueño se acuerda de nosotros.
Está ahí todo el día
igual que un animal está ahí
debajo de la mesa,
igual que las estrellas están ahí

aun cuando el sol brilla


("otra iglesia es imposible", versión jonio gonzález)

domingo, 22 de mayo de 2016

Philip Larkin (1922/1985 )

Alambradas


Las praderas más amplias tienen cercas eléctricas,
pues aunque las reses viejas saben que no se han de descarriar
los novillos jóvenes husmean siempre agua más pura
no aquí, sino en cualquier parte. Más allá de las alambradas.

Les lleva a chocar contra las alambradas
cuya violencia los desgarra sin mesura.
Ese día el novillo joven en res vieja se ha de transformar,

límites eléctricos a sus más amplias miras.


("escomberoides", s/c al traductor)

sábado, 21 de mayo de 2016

Juana de Ibarbourou (1892/1979 )

Las olas


Si todas las gaviotas de esta orilla
Quisieran unir sus alas,
Y formar el avión o la barca
Que pudiesen llevarme hasta otras playas . . .

Bajo la noche enigmática y espesa
Viajaríamos rasando las aguas.
Con un grito de triunfo y de arribo
Mis gaviotas saludarían el alba.

De pie sobre la tierra desconocida
Yo tendería al nuevo sol las manos
Como si fueran dos alas recién nacidas.
¡Dos alas con las que habría de ascender

Hasta una nueva vida!


("emma gunst")

viernes, 20 de mayo de 2016

Luna Miguel (1990 )

Mala sangre


I

La felicidad no puede ser experimentada ni por
los vivos ni por los muertos. Eso me dijeron los
que dibujaban tus ojos en un pañuelo blanco.
Los que me tentaban: si otra persona, si una
sola persona recuperara antes que tú este pa-
ñuelo, los ojos de tu amado desaparecerían para
siempre. Los ojos. Desaparecería para siempre.
Tu amante. Los ojos de tu amante/amado como
una gallinita ciega. Ven. Date prisa. Tómalos la
primera. Los otros niños corren más que tú. Tó-
malos antes que ellos. Nunca ganaste al juego
del pañuelo, pero aguanta. Aguanta esos ojos
estériles. Aguántalos sangrantes en tus manos,
en tus globos oculares, los ojos sobre los ojos,
y más ojos sobre más ojos. Introdúcelos en tu
organismo. Pez de tres ojos. Pez radioactivo de
dibujos animados. Toma los ojos de tu amado.
¿Cuántos ojos hacen falta para ver el mundo?
¿Cuántos iris, para creer en el amor? La felicidad
es ciega, dicen. Nadie la ha visto. A todos
nos mienten sobre su esencia. Que si mariposas
en el estómago. Que si cucarachas en el pecho.
Que si larvas en las varices. El terror también
es ciego. El amor y las cosquillas. Nunca me
gustaron demasiado las cosquillas. De pequeña
mi padre me tomaba de las caderas y me hacía
cosquillas. Presionaba tan fuerte mi carne que
yo solo podía llorar. Debía llorar. Cuando la risa
de la cosquilla se convierte en dolor. La infancia

era dolor. La infancia era pesadilla. A veces mi
padre me leía cuentos de Cortázar y yo solo
temía por mi vida. Personajes extraños y apocalípticos
rondaban mi cabeza por las noches.
Los cronopios como monstruos. La infancia
era cronopio. Las historias de Cortázar como
el peor cuento de terror que se le puede leer a
un niño. ¿Acabaré desdichada? Pensé. ¿Será mi
futuro el de un cuento de Cortázar? ¿Respiraré
bajo la tela gruesa de este jersey naranja? ¿Me
encontraré conmigo misma de frente, en mi
sofá, leyendo mi propia muerte en un papel?
Me dijeron: toma los ojos de tu amado. ¿Y yo?
¿También acabaré ciega?
Decía,

¿desdichada?


("poetas del fin del mundo")