El pasado domingo, se ponían en ABC unos
cuantos puntos sobre las íes de la novela española de los últimos años, de lo
que llevamos de siglo narrativamente hablando. Tan español como peruano, Mario Vargas Llosa y su
«Fiesta del chivo»
salían vencedores en esta lid literaria. Pero también llegaron hasta la
redacción de ABC opiniones que abundaban en que la mejor novela en lengua
española venía de aquel lado del Atlántico. Y era «2666» de Roberto Bolaño.
Quizá porque, como opina rotundamente el
novelista argentino afincado en nuestor país Patricio Pron, «ninguna
novela de autor español reciente ha ejercido la influencia de obras como Roberto
Bolaño». Añade que «sintetiza y pone punto final a varias de las tendencias
dominantes en la novela del siglo XX al tiempo que inaugura otras más propias
del siguiente siglo» y «sigue generando efectos a diez años
de su publicación».
Y Bolaño y «2666», su novela póstuma, eran
las palabras mágicas con las que numerosos escritores suramericanos (y también
un buen puñado de españoles) respondían a nuestra pregunta. Entre estos últimos,
por ejemplo, Andrés
Ibáñez: «Bolaño fue el último de los grandes genios, y uno de los
misterios más grandes que ha dado el arte de la novela». Quizá la vida de
Bolaño, poco ortodoxa, estuvo casi por encima de su obra, la de un autor de
culto, que ya residente en España compaginó el principio de su tarea narrativa)
con un trabajo de vigilante nocturno en un camping de Castelldefels, sin ir más
lejos.
El también argentino Rodrigo Fresán hilvana esta
relación: «El merecido éxito de Bolaño propone, además, una fuerte radiación que
trasciende lo estrictamente estricto y que ya resulta tan positiva y arriesgada
(a la hora de reflejar el cómo vivir la literatura) como negativa y riesgosa (la
ambición de vivir de la literatura apoyado en cierto perfume legendario y mítico
que a Bolaño nunca le interesó) potenciando la figura del escritor por encima de
su obra».
Ante «2666», la lista de admiradores es
larga. Para Isaac
Rosa, «no hay ninguna de su ambición en lo que va de siglo», opinión en
la que abunda el mexicano Jorge Volpi, en tanto que
Andrés Neuman es otra
de esas voces nacidas en América pero criadas literariamente a este lado del
Charco «2666, una catedral de búsquedas, tramas y lirismo brutal».
Hay otros españoles que admiran esta
descomunal obra de Roberto Bolaño: Luis García Jambrina («2666
es, una demoledora alegoría de nuestro tiempo») y Sergi Doria («el testamento
de un autor enfermo de literatura»). Tampoco Fernando
Rodríguez Lafuente, director de ABC Cultural,
escapa al hechizo de Bolaño y «2666»: La consagración del horror contemporáneo.
La literatura en estado puro». No faltan los devotos de Bolaño en la mismísima
Real Academia, donde su secretario, Darío Villanueva, habla de
«2666» como una obra de «monumentalidad póstuma» y Carme Riera subraya lo que
la descomunal novela tiene «de innovador en la literatura latinoamericana».
Como hace unas líneas apuntaba Patricio
Pron, novelas como «2666» sí que influyen allende las fronteras de la lengua
española, como recuerda bien Anna Grau, periodista y
escritora que recuerda a Bolaño al hilo de sus tiempos de corresponsal en Nueva
York «Allí comprobé que es de los pocos autores hispanos que despiertan un
verdadero interés, respeto y hasta perplejidad en el mundo anglosajón».
Novelas españolas y novelas escritas en
español. Quizá el poeta y novelista Manuel Vilas sea quien
lanza el último y más osado dardo. «2666 demuestra que un escritor en lengua
española puede escribir una novela desde la inteligencia , y no el exotismo y el
pintoresquismo».
(nota calcada del sitio "abc". Quizá uno de los atractivos de esta obra póstuma de RB sea su imperfección, el sentimiento que deja en el lector de una obra inconclusa o "ensamblada" por su editor, quien contravino la voluntad del chileno de que se publicara por separado y en cinco tomos. Lo cierto es que el autor exige del lector una relectura.)